Hay frases que se dicen como quien tira una piedra y luego se esconde la mano. “Las mujeres ya llegaron demasiado lejos”. “Ahora ya no se puede decir nada porque todo las ofende”. “Les están quitando espacios a los hombres”.

Cada vez que las escucho, me pregunto: ¿lejos de qué han llegado las mujeres? ¿De quedarse calladitas? ¿De exigir que no se les use como propiedad? ¿Del lugar donde tantas veces se esperaba que estuviera sin incomodar demasiado?

Tal vez lo que incomoda no es que las mujeres hayan ido demasiado lejos. Tal vez lo que incomoda es que ya no quieran quedarse exactamente en el sitio que durante mucho tiempo se les asignó: tomando los apuntes en la reunión, renunciando a su carrera si el esposo o la familia se los pide, cediendo en el partido su puesto al candidato hombre. Aguantando, porque así lo dice su religión, que sus esposod las golpen.

La verdad es que sí. Algo cambió. En Panamá, las mujeres han avanzado con fuerza en la educación superior. En 2024, la matrícula universitaria total fue de 193,773 estudiantes, y en las universidades oficiales hubo 89,743 mujeres frente a 61,143 hombres. Ese mismo año, de 32,792 personas graduadas de la universidad, 21,337 fueron mujeres. En las aulas, pues sí: ellas ya no son excepción ni la rareza; en muchos casos, son mayoría.

Y sin embargo, basta salir del campus y entrar al país real para que el relato de triunfo se desmorone como una rosquita de harina. En septiembre de 2025, la tasa de participación económica fue de 75.1% para los hombres y de 53.8% para las mujeres, según las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas. O sea, el avance educativo femenino no se traduce automática ni mágicamente en igualdad en el mundo del trabajo. Algo sigue frenando ese paso.

Ese “algo” tiene mucho que ver con una vieja injusticia que todavía se administra como si fuera natural: el cuidado. En Panamá, los datos regionalizados de CEPAL muestran que las mujeres siguen teniendo menor ocupación que los hombres, en especial si viven en una casa con presencia de niñas y niños. Y entre la población joven que no estudia ni tiene empleo remunerado, el peso del cuidado no remunerado recae muchísimo más sobre ellas que sobre ellos. No es que las mujeres no quieran salir y buscar un trabajo remunerado. Es que demasiadas veces avanzan cargando a la vez con la casa, sacar las citas en el seguro social, ir al supermercado, recoger agua si esta se va, llevar al papá a la terapia, hacer la maqueta del Día de la Tierra y además estar guapa y no llevar una cara muy seria.

Por eso, cuando alguien dice que “les están quitando espacios a los hombres”, conviene mirar también de exactamente a qué se refieren. En la Asamblea Nacional, la representación femenina dista de ser paritaria: el parlamento panameño sigue teniendo una clara mayoría masculina. Se habla mucho de meritocracia y se desprecian los sistemas de cuota. Pero lo cierto es que en espacios como la política no es lo mismo ser hombre que mujer. La financiación y los cuestionamientos que reciben ellas no son iguales. Pero eso se invisibiliza.

Entonces no, la evidencia no muestra que las mujeres, como grupo, hayan desplazado a los hombres. Lo que sí muestra es que, por primera vez en muchos espacios, algunas barreras se mueven un poquito. Y eso, para quienes crecieron creyendo que ciertos privilegios eran lo normal, puede sentirse como pérdida.

Hay una diferencia enorme entre perder derechos y perder exclusividad. A las mujeres no se les regaló nada: estudiaron más, insistieron más, resistieron más. Y aun así, siguen ganando menos espacio del que merecen en el empleo, en la política, en el tiempo propio y en la posibilidad de vivir sin sobrecarga.

Lo que algunos llaman exceso o “se han sobrepasado” en realidad, muchas veces es corregir una historia bien larga en la que los hombres no solo ocuparon más espacio, sino que además lograron que eso pareciera natural. Corregir la idea de que la autoridad tiene un solo tono de voz. Corregir la costumbre de que el cuidado es responsabilidad única y “bendición” de la mujer. Corregir el viejo libreto donde detrás de todo hombre hay una gran mujer. Ojo: detrás.

Claro que hay malestar. Toda redistribución de oportunidades produce ruido, sobre todo entre quienes confundieron privilegio con meritocracia y costumbre con justicia. Pero pedir una sociedad donde una mujer pueda estudiar, trabajar, decidir o no casarse o tener hijos, liderar y vivir sin violencia no es exagerar ni ir demasiado lejos. Lo demasiado lejos fue quizás que como sociedad hemos tardado tanto en ese reconocimiento.