El mensaje más deprimente que puede recibir una persona que vive en un edificio es el anuncio de la prueba de hermeticidad. Sí, ya sé que me estoy quejando de nada. Hay ríos secándose, lenguas desapareciendo, aves extinguiéndose, grupos de K-pop desintegrándose y yo, pues, aquí llorando por una prueba de gas.

El único anuncio que le compite en agrura es el de la Asamblea de Propietarios. Estar sentada allí horas y horas escuchando quejas y problemas vecinales que por salud mental sería mejor no saber es realmente una penitencia.

Como ya supondrán, me llegó el anuncio de la prueba de hermeticidad. Otra vez. ¿Se me notó demasiado? La última vez estuvimos dos años sin gas. Dos años. Dos años cocinando en una hornilla eléctrica con la que nunca aprendí a hacer arroz: me quedaba la mitad dura, paraa, y la otra mitad aguachada. Tal como se los digo.

El aviso de la prueba de hermeticidad tampoco llega acompañado de rosas. Viene con un tanganazo económico incluido. Vaya preparando los casi 100 dólares que hay que pagar entre la empresa que hará la revisión y los bomberos que darán el visto bueno.

Una cosa es segura: el día que dicen que van a cortar el gas, lo harán sin falta. Si dijeron lunes a las 8:00 de la mañana, le juro que a las 7:59 usted ya no tendrá gas. Pongo la mano en el fuego por esta afirmación. La pongo, sobre todo, porque ya no tengo fuego: la estufa no prende.

Lo que nadie puede asegurarle es cuándo volverán a poner el gas. Para eso no se afane. Tenga paciencia, ¿cuál es el apuro? Primero se hace la prueba. Después hay que constatar que todo esté bien. Luego tienen que venir los bomberos: que la otra semana no pueden, que será la siguiente y, bueno, eso hay que ver si vienen o no. Es como jugar a las escondidas.

La primera vez que pasamos por la bendita prueba, la estufita que conseguí a veces prendía y a veces no. Cocía un huevo como si estuviera cocinando mondongo. En mi casa dicen que nunca aprendí a usarla por mi mala gana y poca fe.

La última vez, que fue justo durante la pandemia, sufrimos lo insufrible. Entiéndase: todo lo que se puede sufrir por una cosa doméstica que no saldrá en las noticias y que ni siquiera es suficientemente melodramática para dedicarle un post en redes sociales.

Antes dije que a la prueba de hermeticidad solo la supera en horror la Asamblea de Propietarios. Lo dije porque fue precisamente en una de esas asambleas donde alguien sugirió que todos nos pasáramos a estufa eléctrica. Ella lo había pasado tan bien sin gas que quería continuar así. Dígame usted si eso tiene cogedero.

La prueba de hermeticidad salva vidas. Permite saber si los apartamentos están libres de fugas y si el edificio es seguro. Todo eso es cierto. Pero no la hace menos engorrosa. Es como una colonoscopia del edificio que mortifica a quienes vivimos en él.

Justo una quiere hacer pan, no se puede. Quiere hacer un pollo asado, tampoco. Desea cocinar más de una cosa a la vez, menos. Quiere hacer un chicheme ni se le ocurra porque le vendrá la factura de luz como si viviera en Multiplaza.

Esta vez decidí que no iba a preocuparme por el asunto, antes de tiempo. ¿Acaso no dicen que una tiene que ocuparse en vez de preocuparse? Tanto dejé de preocuparme que me atrasé en el pago. Yo, que siempre quiero estar al día, fui llamada directamente por la administradora para informarme que estaba morosa. Sí, morosa. No me pusieron en la lista infame del ascensor porque, al parecer, hay una ley que lo impide desde hace un par de años.

Fresca como una lechuga, pagué. Y fresca como una lechuga fui a recuperar aquella desgraciada, infausta y miserable hornilla que la otra vez me salvó la vida. El domingo antes de que me cortaran el gas la fui a probar. Sí, porque esto lo hacen un lunes, para que una empiece motivada la semana.

Si he tenido ánimos de escribir esta columna y de desahogarme es porque me acaban de restablecer el gas. Hasta que no lo veo no lo creo. Así que esta historia tiene final feliz. Iré a apreciar los fogones y a mandar lejos, quiero decir guardar, la estufa eléctrica. Hasta la próxima prueba de hermeticidad. Que el cielo me vuelva a amparar.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

* Suscríbete aquí al newsletter de tu revista Ellas y recíbelo todos los viernes.