Desde siempre pensé que la promesa de los audífonos sin cable no era tan buena como nos la querían vender. Y últimamente he sentido una pequeña satisfacción al ver que ya no soy la única.

Los primeros aparatitos de esos que me regalaron los regalé. Así mismo. Eso fue antes de la pandemia. Me daba pereza aprender a usarlos. Ya sé que eso suena a señora peleada con la tecnología, pero no me terminaban de convencer.

Después vino la imposición disfrazada de evolución. A los teléfonos les quitaron los conectores y a una, poco a poco, le fueron quitando también las opciones. De pronto los audífonos con cable empezaron a parecer una reliquia o un producto desfasado en la sección de ofertas. Yo resistí lo que pude. Hasta compré de esos con conector tipo C.

Mi problema con los audífonos inalámbricos no era uno solo. Les tuve ojeriza por varias razones. Para empezar, si ya me cuesta cargar el celular, ¿por qué iba a entusiasmarme la idea de preocuparme por otro aparato? Siempre me ha parecido increíble que nos convencieran de aceptar con tanto entusiasmo un aparato que puede dejar de funcionar en medio de una conversación por teléfono, una canción o un buen podcast, que es algo que ahora disfruto mucho escuchar.

Luego está el hecho de que son demasiado fáciles de perder. Una se agacha o se acomoda el pelo, y de pronto el audífono decide independizarse y caer al suelo. Sí, me ha tocado ver más de uno tirado en la acera y me da una lástima por la propietaria y su inversión perdida.

Y ni hablar del emparejamiento. Qué invento tan tedioso, digo fabuloso, del bluetooh. No sé cuánto tiempo he perdido tratando de emparejar mis audífonos con el teléfono y luego con la computadora portátil. A veces lo logro muy fácil pero otras veces, inexplicablemente, no funciona. Me rindo.

Esta semana vi que la BBC publicó un artículo sobre el resurgir de los audífonos con cable. Por supuesto, no me hago ilusiones. No creo que los inalámbricos van a desaparecer. Pero sí me gustó leer allí los mismos peros que yo he tenido sobre estos aparatos, y algunos más referentes a la calidad del sonido. Confieso que eso ni lo había notado.

Para mí hay otro mal sabor de boca: el precio. Los audífonos sin cable son, en promedio, mucho más caros que los de cable. O sea, además de hacernos depender de baterías, estuches y conexiones caprichosas, también nos hicieron pagar más. Y lo hacemos muertas de la risa.

Ciertamente las baterías de los inalámbricos han mejorado. También se emparejan un poquito más fácil. Reconozco que hay opciones de diferentes precios, pero aún siento nostalgia por los otros.

Los audífonos de cable se enredaban, y bastante, pero no se separaba el izquierdo del derecho; no se descargaban, y cuando querías usarlo en otro equipo solo era cuestión de desenchufar y enchufar. Para mí, eso estaba bien.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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