El título de esta columna parece que será una de las preguntas que todos tendremos que hacernos muy pronto. Por estos días abundan los artículos que hacen referencia al aumento en las ventas de las gafas inteligentes de Meta. Entre sus características más distintivas está que permiten grabar a otras personas sin que necesariamente se den cuenta.

Aunque Meta dice que no, que la gente sí puede saberlo porque una lucecita parpadea cuando los lentes están grabando. Claro. Porque ahora, además de conversar, tendremos que estar pendientes de si a la persona que tenemos enfrente le titila un puntito en la montura.

El asunto es que BBC Mundo publicó este año un artículo en el que contaba que uno de los usos más extendidos de este artilugio —maléfico, para algunos— es grabar bromas. Por ejemplo, darle a una persona a oler una supuesta vela aromática que, en realidad, tiene un olor indigno colocado allí a propósito.

Algunas personas recordarán las cámaras escondidas que fueron tan populares en la televisión. La diferencia es que ahora esos videos se suben inmediatamente a internet. Y ya no se trata solamente de bromas inocentes.

También circulan videos de mujeres grabadas en la calle, de personas en baños y de gente captada en situaciones íntimas que nunca deberían salir a la luz. Así, por ejemplo, una clienta se dio cuenta que la que le iba a depilar tenía los lentes puestos.

El tema se ha vuelto todavía más inquietante porque se hizo de conocimiento público que algunos de los videos grabados con los lentecitos de Meta pueden ser revisados por otras personas. Generalmente, trabajadores que viven en países donde las condiciones laborales y la protección de datos no siempre están claramente reguladas. Ajá, porque en la letrita pequeña dice que Meta puede revisar esos videos.

Ahora, en nombre del supuesto avance tecnológico, quieren dorarnos la píldora y hacernos pasar por bueno todo lo que viene acompañado de una aplicación, inteligencia artificial o un aparato nuevo.

Nos insinuan que la hipervigilancia nos dará seguridad. Ya vemos cámaras por todas las calles. Uno entra a un edificio y le toman una foto. Hay cámaras en los estacionamientos, los elevadores, los supermercados y las barriadas.

Pero la verdad es que no hemos visto que los índices de criminalidad hayan disminuido de manera espectacular gracias a tantas camaritas. Tampoco hemos visto que la gente “se porte mejor” como dirían los maestros que antes repartían disciplina con el metro en mano. De ser así, imagino que ya estaríamos saturados de comunicados oficiales celebrando semejante hazaña.

Conozco a muchas personas que cuentan, incluso con orgullo, que sus hijos están en centros preescolares donde hay cámaras para observarlos durante el día. También ocurre en las guarderías de perros.

Alguien me comentó que instaló una cámara en la casa de su mamá para asegurarse de verla si la señora se cae. Y claro que puedo entender la preocupación y el deseo de cuidar. Pero me pregunto hasta dónde va a llegar todo esto y si, de verdad, queremos estar tan vigilados.

Deberíamos desarrollar una conversación más amplia sobre por qué la hipervigilancia no es tan buena como nos la pintan. Me da la sensación de que nos gusta la idea de monitorear y vigilar a los otros en nombre de su bienestar. Pero ¿qué pasa cuando es tu jefe quien coloca una cámara frente a tu escritorio durante toda la jornada para observar cada cosa que haces? Y no soy ingenua. Sé que hay lugares donde eso ya ocurre.

Entonces, ¿dónde queda lo que nos hace humanos? ¿Estamos colocando cámaras para cuidarnos o para comprobar en qué momento fallamos en esta gran maquila de la vida?

La venta de los lentes seguirá engrosando los bolsillos de Mark Zuckerberg y de otros como él. Pero lo que nos toca a nosotros es preguntarnos a quién beneficia realmente esta hipervigilancia.

Meta dice que estos lentes podrán ayudarnos a recordar dónde dejamos las llaves, reconocer lo que tenemos enfrente y ofrecernos información sin necesidad de sacar el teléfono. También podrán saber lo que vemos, lo que compramos, lo que comemos y, probablemente, mandarnos publicidad al respecto.

Todo muy al estilo de Black Mirror, esa serie distópica que, con cada nuevo invento, parece tener cada vez menos de distópica.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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