Todos conocemos a la paloma de la paz, tan digna y respetada.  Algunos conocemos a Paloma San Basilio, qué bella voz. Los tipiqueros le cantan  a la paloma, palomita titibú. Caetano Veloso recita cucurrucucú paloma en la película Hable con ella, y los fanáticos del pop corean When doves cry con Prince,  ¡no Prince Royce!, el otro. Caramba. Pero existe en Panamá y solo en Panamá la paloma de la discordia.

La vecina Estela (el nombre lo he cambiado para evitarme problemas) sale todas las mañanas a echar pan a las palomas del vecindario; lo mismo hace en la tarde. Las aves felices se acumulan a su alrededor como si fuera un culeco, pero en vez de agua llueven migas. Ustedes vieran la cara de felicidad de Estela. Para ella es una terapia.

Las otras vecinas miran la escena con horror. Por culpa de las palomas hay que gastar miles de dólares en la reparación de los techos.

De buenas y de malas maneras le han pedido que no las alimente más, que esos animalitos son una plaga  que pueden traer enfermedades.

Mientras tanto, las palomas comen tranquilas su pan michita o flauta, a veces arroz que otros le echan, hasta he visto pedacitos de masa de pizza. Con una ceja muy levantada el resto de las  vecinas aprecia ese banquete para las palomas. Casi olvido mencionar que hay un señor que pasa y siempre dice:  “esas palomas tan buenas pa’ una sopa”.

Me horrorizo, más que por el derecho animal, por la salud de los que coman esa sopa. No es mentira lo de las enfermedades que pueden transmitir.

Los problemas con las palomas existen en todo el mundo. En lugares de París y Madrid está prohibido alimentarlas. Cubren de heces monumentos y si alguna vez han visto crecer una plantita arriba de un edificio es probable que fuera porque una palomita defecó y allí iba una semilla que floreció.

Tan seria es la cosa que en algunas ciudades los negocios de control de plagas han encontrado su nuevo nicho en las palomas. Ay, que no lean esto las Estelas del mundo. Sé que hay muchos que adoran alimentar a estas aves.

Lo cierto es que las palomas no provocan discordia. Nosotros hemos invadido su hábitat, no les damos espacio, y cuando las queremos les damos chiwí. Las palomas no son las de la discordia, somos nosotros, como siempre, que no sabemos encontrar la solución pacífica a los problemas.