El domingo fui al Parque Omar buscando lo que una va a buscar ahí: árboles, oxígeno, un poco de movimiento para los huesos. Nada me preparó para lo que venía.

A los diez minutos pasó un hombre trotando y dejó una estela tan espesa que casi le pido permiso para atravesarla. No era una simple colonia. Era una atmósfera, un concepto: una alfombra de clavo y canela extendida justo en la curvita antes de llegar a la piscina.

Sentí que mi nariz entró en modo reinicio. Pensé que tal vez yo seguía sensible con los olores, porque hasta hace poco estuve un poco revuelta. Pero no: a los minutos pasó otro, caminando como si nada, y me rozó con otra nube especiada. Y ahí confirmé lo que venía notando hace rato: los hombres se están perfumando más. Mucho más.

Como casi todo últimamente, la “culpa” —digo, la inspiración— viene de las redes sociales, donde jóvenes (y no tan jóvenes) descubrieron el universo de los perfumes árabes: intensos, dulces, ambarados, con oud, vainilla, azafrán e incienso. Un olor que no susurra, trae bocinas.

TikTok ha hecho su parte con la narrativa del “perfume que huele a millonario árabe”, el “olor a jeque”, la “proyección nuclear”, el “tres sprays y te respetan”.

Y antes de que alguien crea que esto es un chiste fácil: el perfume árabe tiene una tradición riquísima y antigua, y con eso yo no me voy a meter. En muchas culturas de Medio Oriente, perfumarse es un ritual. Se usan aceites concentrados (attar), se perfuma la ropa y el hogar, se queman maderas aromáticas como el bakhoor. Esos aromas también son hospitalidad.

El oud, en particular —resina oscura de la madera de agar; sí, lo acabo de googlear— es un ingrediente caro y lleno de simbolismo: oscuro, resinoso, elegante. Y hasta hace no mucho, en Occidente, estas notas aparecían sobre todo en marcas de lujo. Pero ahora, con la llegada de opciones más accesibles y una oleada de recomendaciones online, pasó lo que tenía que pasar: se popularizó.

Hay otra cosa detrás: un cambio en la masculinidad. Durante años, el mandato fue oler a “aqua deportivo”, a “¿Polo Sport?”, a “reunión de las 8”. Ahora hay hombres que abrazan estos aromas dulces sin ningún temor a oler a cake de cardamomo de hotel caro. Y eso, honestamente, me parece interesante. Adiós miedo a lo sensorial, adiós obsesión con lo neutro.

Pero estamos en Panamá. La calor, sí la calor, aquí es un amplificador. Lo que en una noche fresca puede ser seductor, en un domingo soleado puede convertirse en experiencia inmersiva. En clima tropical, el perfume es como una candelilla, no se queda quieto y te sorprende.

Mientras me recuperaba en una banca, respirando cerca de un roble como antídoto natural, pensé que el perfume es una conversación sin palabras. Y también pensé que, en tiempos de pantallas y de virtualidad, la gente quiere dejar una huella en la presencialidad.

Insisto: los perfumes no son problema. El problema es cuando de tradición intensa pasamos a un ataque sorpresa.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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