Todavía, cuando veo de refilón un bultito oscuro junto al sofá deshilachado o en medio de la cocina, pienso que es él, acurrucado. Pero no. Resulta ser un cartucho negro o una prenda que se cayó camino a la lavadora. A veces es solo mi imaginación.
Hace unos días, caminando por el barrio, me salió al paso un gatito negro. Parecía que escapaba de alguna travesura en casa, antes de que lo atraparan. Tenía el pelo brillante y los ojos muy verdes. Los míos volvieron a llenarse de lágrimas. Era igualito a Caperuzo.
Sigo en duelo por él. Seguimos en duelo. Recordándolo y extrañándolo. Nuestro gatito negro estuvo ocho años con nosotros y enfermó gravemente hace menos de dos meses. Poco a poco, la tristeza va dejando espacio para los lindos recuerdos. Y para las bastantes travesuras que hizo.
Por supuesto que no fue amor a primera vista. Cuando me lo trajeron a casa, recién rescatado de unos estacionamientos, era una cosita tierna y linda. Pero yo no tenía entre mis planes tener un gato, menos con una hija que todavía no llegaba a los cuatro años.
Esa misma niña lo acogió enseguida y lo bautizó Caperuza, porque al principio pensamos que era una gatita. Yo me propuse, no podía ser de otra manera, buscarle una familia que lo adoptara. Esa familia terminamos siendo nosotros.
No es fácil conseguir familias para los gatitos, y menos si son negros, nos dijeron. Tristemente hasta entre los gatos hay prejuicios.
Como saben todos los que han tenido gatos, son animales tranquilos, hermosos y sin complicaciones. Bueno, salvo por los arañazos en el sofá y las plantas, que siempre fueron una obsesión de Caperuzo. En cuanto podía, les sacaba la tierra.
Para mi hija era un compañero y también un cómplice al que no dudaba en echarle la culpa cuando algo se caía o se perdía. Yo no sabía que un gato podía hacer tantas cosas. Ni que fuera Doraemon. Pero bueno, capaz que sí teníamos un gato mágico en casa.
Al compartir con amigos y primos la pérdida de nuestro gato, encontramos tanto cariño y empatía que nos sentimos comprendidos. Cuántas personas han perdido a sus animales, a sus compañeros. Son parte de la familia, como me dijo un primo. Ese primo mío, tan grande, que parece no conmoverse con nada, pero que amó y lloró a todos los perros que ha tenido y perdido.
Los animales llegan a nuestra vida por una razón. Cape nos dio otra dimensión del cariño y, al partir, nos recordó lo efímera que es la vida. Lo importante que es agradecer y apreciar cada momento, y a quienes lo comparten con nosotros. Con mi hija, su ausencia también nos ha llevado a hablar de la muerte y de la pérdida. Inevitablemente.
Ayer, mi hija y yo vimos un gatito negro.
—Mira, Caperuzo, mamá.
Las dos sabíamos que no es él. Pero también sabíamos que sí es él.
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