Hace unas semanas leí sobre una cadena de supermercados en Países Bajos que amplió un programa llamado Kletskassa. La traducción sería algo así como una “caja para conversar”: una fila especial donde las personas pueden tomarse un poco más de tiempo para hablar con la cajera sin que atrás haya alguien resoplando como si fuera a perder un vuelo internacional.
La iniciativa busca combatir la soledad. Cuando leí la noticia pensé dos cosas al mismo tiempo. La primera fue: qué buena idea. La segunda fue: ay, qué cosa que conversar haya tenido que volverse programa especial de clientes.
Porque una caja lenta, en Panamá, durante mucho tiempo no fue una innovación social. Fue cualquier mandado con mi mamá. Mi mamá no iba al mercado. Mi mamá hacía gira comunitaria.
Compraba plátanos, sí, pero también averiguaba cómo seguía la rodilla de la mamá de la vendedora o si el hijo del carnicero ya se había graduado. Yo, por supuesto, cuando era más joven, me desesperaba.
Una quería comprar pan y regresar a la casa. Pero no. Había que hacer rendición de cuentas afectiva en cada esquina.
—¡Está grande la hija!
—¿Ganó en la Lotería?
—¿Y para Semana Santa se van a San Carlos?
No eran conversaciones larguísimas. Nadie estaba haciendo terapia entre el culantro y el tomate. Pero eran mini intercambios que recordaban a una que vive rodeada de personas, no solamente de vendedores.
Pero un día nos convencimos de que todo debía ser de apuro. La fila rápida. El pago express. El “todo bien” para salir del paso.
Nos volvimos gente con audífonos, apuro y cara de “no me hablen, que no estoy de humor”. Y claro, hay días en que una no quiere conversar con nadie, solo comprar jabón de fregar en paz y no explicar su árbol genealógico en la caja.
Pero también es verdad que algo se pierde cuando ya nadie pregunta; cuando el barrio deja de saber quién está enfermo, quién enviudó, si ya nació un bebé o quién simplemente necesita que alguien le diga: “mija, te ves cansada, cuídate”.
Por eso la caja lenta de los neerlandeses me pareció tan moderna y tan antigua al mismo tiempo. Se presenta como algo innovador, pero habla de algo que las personas de barrio, de los pueblos y de los mercados ya sabían desde siempre: que hablar también es ser cortés, que conversar también es acompañar.
El verdadero lujo de estos tiempos no es salir cinco minutos antes del supermercado, sino encontrar a alguien que tenga cinco minutos para mirarte, escucharte y preguntarte, de verdad:
—¿Y usted cómo anda?


