Tengo entre mis amistades a una persona, llamada J., que para mí es la campeona mundial de la amabilidad. J. sostiene la puerta del ascensor aunque la otra persona todavía venga a 30 pasos, ayuda a subir una caja sin que nadie se lo pida y es capaz de atender con el mismo cariño a quien conoce desde hace diez años que al repartidor que acaba de tocar el timbre. Yo quiero ser J. De hecho, muchas veces me sorprendo pensando: “¿Qué haría J. en esta situación?”.

Luego me acuerdo de que yo soy yo. Hay días en que le presto mi tarjeta del Metro a alguien que se quedó sin saldo o me detengo a explicarle a una persona cuál salida le conviene más, si la de Vía Argentina o la de Obarrio. Pero también hay días en que voy tan apurada o tan distraída que apenas logro acordarme de hacia dónde voy yo misma.

La amabilidad también depende de las condiciones que tenemos para ponerla en práctica. Porque uno puede tener toda la intención del mundo, pero cuando andas agotada, preocupada o con la cabeza en otra parte, hasta sonreírle a quienes amas cuesta.

Cuando viajo me llama la atención otra cosa. En algunos países parece perfectamente normal que un desconocido te salude en el ascensor, haga un comentario sobre el clima o termine contándote una anécdota mientras esperan llegar al quinto piso. En Panamá eso me ocurre bastante menos. Antes, lo atribuía a una característica local. Ahora sospecho que, cuando uno anda con cara de visitante, la gente saca una versión edición limitada y amable de sí misma.

Lo mismo pienso cuando entro a un comercio y encuentro a alguien atendiendo con muy poca paciencia. Claro que hay personas que simplemente tienen un mal día, pero muchas veces imagino turnos dobles, salarios bajos, poco reconocimiento y ninguna capacitación para tratar con el público. Porque dar un buen servicio también se aprende, y es difícil ofrecer un buen trato cuando uno nunca lo ha recibido.

Sin embargo, de vez en cuando aparece alguien que desmonta todas esas teorías. La señora que te dice: “Mami, venga, yo le ayudo con esos paquetes”. El conductor que te da el paso cuando ya nadie más lo iba a hacer. La enfermera que te aprieta la mano antes de un procedimiento. La maestra que recibe con una palabra amable al padre que llega tarde, en lugar de hacerlo sentir culpable por el resto de la semana.

Son gestos pequeños, casi ni se notan, pero tienen un efecto muy bueno. No resuelven la desigualdad social, ni desaparecen el tranque o el calor, pero sí son capaces de arreglarle un pedacito del día a alguien. Los desconocidos amables nos cambian el día.

Vivimos en un país de prisas, de calor, de filas y de preocupaciones. Tal vez por eso pensamos que la amabilidad es un lujo que solo podemos permitirnos cuando todo está en orden. ¿No será lo contrario? Porque vivimos así, necesitamos más de esos pequeños gestos.

Quizás nunca llegue a ser como J., pero me gustaría pensar que, de vez en cuando, alguien se cruce conmigo en un ascensor, en el Metro o en una fila cualquiera y, al llegar a su casa, recuerde que ese día una desconocida fue amable con él.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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