Hace unos días fui a un centro comercial con mi hija. En la ciudad capital que fue menos afectada por el terremoto las personas hemos ido retomando las rutinas. Más o menos. Y lo digo porque cada vez que trastabillaba un maniquí, había alguien que saltaba. Sonaba un pi-pi-pi-pi de una notificación del celular y venía el brinco. Se tambaleaba una de esas mesas del food court con una pata manca y otra vez: “¡Ay, mi madre! ¿Qué fue eso? ¿Está temblando?“.
Así que me corrijo: normal, normal, tampoco estamos. Y puede que nos tome un buen rato y ayuda adicional.
El asunto es que entramos a algunas de esas grandes tiendas por departamentos que tienen de todo. Después de recorrer tres o cuatro, no me juzguen ni me pregunten por qué tantas, me di cuenta de la capacidad de quienes comercian en Panamá para prepararse para todo. Y a la vez.
En una esquina estaban las maniquíes ataviadas con basquiñas, zarazas y blusones. También había camisillas y montunos. Ya sé que aquí entramos en terreno polémico: hay quienes consideran una ofensa esas versiones en telas impresas en serie de las prendas que nuestros artesanos cosen y bordan a mano.
Yo me atrevo a decir que me cuesta imaginar a alguien que busca y puede pagar ese valioso trabajo artesanal yendo a un almacén del mall a sustituirlo por una de esas piezas. Las veo más para el acto escolar de un día o para esa oficina donde de apuro anuncian que el viernes hay que ir vestido de típico.
Pero bueno, ya me estoy enredando en polémicas y todavía me faltan varios pasillos. En otra esquina estaba Halloween, con sus calaveras, cadenas oxidadas, telarañas y brujas. Brujas amistosas y otras no tanto, pero todas firmes en su puesto porque esas señoras no pasan de moda. Aquí sí digo que hay otros brujos y brujas que merecen más vigilancia y no parecen despertar tanta indignación como una peluca verde de bruja.
Un poco más allá, las flores. Flores y más flores, coronas y arreglos para el Día de los Difuntos que se avecina. Aquello parecía un sembradío de Cerro Punta, solo que de plástico.
Y, por supuesto, ya estaba la Navidad creciendo, empujando y buscando espacio. Que si el Santa, que si los, que si el cascanueces vestido de chef, los foquitos, la bandeja con motivos de pino, el cojín del Grinch…
Por cierto, al Grinch también lo tenían en la sección de Halloween de un almacén. Ese sí entiende de presupuesto: un mismo adorno para dos seasons.
Lo que me sorprendió es que todo convivía bajo el mismo techo. La bruja junto a la basquiña, las coronas florales cerca de los adornos navideños. Una podía prepararse para asustar, celebrar la patria, recordar a sus muertos y recibir a Santa sin cambiar de almacén.
Y hay que decir que algunos adornos eran tan coquetos, tan aesthetic (decía mi hija), que hacía falta tremenda fuerza de voluntad para salir con las manos vacías y el presupuesto íntegro.
Después dicen que los panameños dejamos todo para última hora. Los comerciantes, por lo menos, ya tenían resuelto el resto del año. Y parte del siguiente. No las vi, pero por allí debían estar las tarjetas para el Día de la Madre y los inflables para el verano.
Ahora, si me preguntan qué compré, pues nada de eso. Ni arañas, ni flores, ni cascanueces. Unos platos que me urgían y unas toallas para la limpieza. Había de todo para celebrar lo que viene. Yo salí equipada para recoger cuando se acabe.
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