A las mujeres no les gustan sus pechos. En serio. Casi a ninguna. Las que los tienen chicos lamentan tenerlos así apenitas, raquíticos. Piensan que sus vidas serían mejor si en vez de huevos fritos –algunas hasta eso dicen– estuvieran mejor dotadas. Sueñan con operarse y llenar sus blusas.

Las que los tienen grandes también lo lamentan. Aunque usted no lo crea. Se les dificulta encontrar camisa y ni se diga sostenes. Hace unos meses la modelo Kate Upton, que debe su éxito a su figura, dijo en una entrevista que su vida sería más fácil con pechos más chicos.  Una amiga mía me dijo: “yo la entiendo”.

Una de las expectativas más grandes que tiene una niña que está por hacerse mujer es que sus pechos crezcan.  ¿Cuándo saldrán? ¿Cómo serán? Aunque puede pasarles como a mí, que no recuerdo haber pensado en eso. Un mal día, en medio de que jugaba con mis Barbies, los adultos a mi alrededor empezaron a notarlos y a decirle a mi mamá: “A esta niña hay que comprarle brassiere, y urgente”. Sobre todo porque aquí en Panamá, a diferencia de otros países, es muy mal vista una mujer en la calle sin sostén, no importa su edad.  

Es que los pechos femeninos han sido sexualizados hasta el abuso.  Se ponen al lado de anuncios de aceite para carros, de cervezas sudorosas, de motos rugientes, de calendarios para talleres. Los pechos jóvenes, firmes, venden.

Pero a la vez  la gente les ha cogido pavor. Aquí cuando llega el mes del cáncer de mama y ponemos en la revista ilustraciones que insinúan el pecho, la gente se escandaliza y nos llaman para decir que la nuestra es una revista familiar y ¿qué hacen esos pechos allí?   

Se olvida que casi todas las familias comenzaron gracias a unos pechos. Porque su  función más grandiosa no es embutirlos en unos caros sostenes de encaje, sino amamantar.

Pero amamantar –volvemos a la sexualización de los pechos– se ha convertido en un tabú. La mujeres vamos en short  a cualquier lado. Nos ponemos una falda con una abertura hasta la cadera, usamos un escote al ombligo –y no veo nada malo en ello, eh– pero nada de eso conmociona, espanta, acobarda tanto como la imagen de una mujer sentada en un banquito del centro comercial amamantando.

En diferentes países a mujeres así se les ha acercado un agente de seguridad o un empleado de la tienda para decirle: “usted no puede hacer ‘eso’ aquí”. Y ‘eso’ tan feo que podría, según ellos, ofender al resto del público, es darle comida a su hijo.

Crecí viendo a mujeres dando pecho como si fuera algo natural. Las vi en el campo, pero también aquí en el centro de salud de Parque Lefevre cuando mi mamá me llevaba al doctor o a vacunarme. Quizás por eso, al ver tal escena no pienso que es una mujer que se está exhibiendo, sino una mamá que necesita calmar el hambre de su hijo.

Se inicia hoy la Semana de la Lactancia Materna, y a quienes aún no lo han hecho les pido ver con otros ojos esa imagen, una de las más hermosas que hay: madre e hijo en total conexión. Alimentando un cuerpo, pero también un afecto. Explíquenme, ¿cómo eso puede dar asco?