Desde hace unos días me persigue una palabra: incidencia. Está en los comunicados oficiales, en las redes de las instituciones y, de rebote, en los titulares de algunos medios de comunicación. Ya en Panamá no ocurre nada: todo es una incidencia.

Un ascensor de la Caja de Seguro Social presenta una “incidencia”. El Metro deja de prestar servicio con normalidad por una “incidencia”. Si algo se incendia, colapsa, se detiene o casi se viene abajo, no se me altere: fue apenas una incidencia.

La palabra es una curita. No explica qué ocurrió, quién es responsable o cuánto peligro hubo. Pero suena técnica, limpia y tranquilizadora. Casi como si el problema hubiese ocurrido, pero no pasó nada.

Hoy parece que las palabras deben pasar por una junta de conciliación. No queremos alarmar, ofender, incomodar ni señalar. Y está bien cuidar el lenguaje. Lo que no está bien es cuidarlo tanto que al final el hecho desaparezca.

Según el diccionario de la lengua española, incidencia es: acontecimiento que sobreviene en el curso de un asunto o negocio y tiene con él alguna conexión. En esa definición tan amplia cabe de todo: desde un fusible que se quemó hasta una explosión. Y eso es un problema.

Cuando dejamos de llamar a las cosas por su nombre, no solo suavizamos el lenguaje: también achicamos lo ocurrido. Le restamos importancia como que si de eso no hay que preocuparse ni ocuparse.

Después viene la segunda parte del comunicado: la institución reaccionó “de manera inmediata”, las unidades “se apersonaron al lugar” y la situación “fue controlada oportunamente”. A estas alturas todavía no sabemos bien qué pasó, pero ya sabemos que todo el mundo actuó de maravilla.

Claro que las autoridades deben informar con prudencia y evitar alarmas innecesarias. Pero una cosa es no provocar pánico y otra envolver los hechos en papel celofán. La ciudadanía no necesita comunicados que les bajen el volumen a los problemas ni que de paso aprovechen para darse palmaditas en la espalda.

Para rematar, muchas veces los medios adoptamos esas palabras sin hacerles una sola pregunta. Copiamos el comunicado, cambiamos dos comas y ponemos a circular la misma neblina. Así, la versión oficial deja de ser una fuente que debe contrastarse y se convierte en la noticia completa.

Por eso, la próxima vez que lea que “se presentó una incidencia”, no siga de largo. Pregunte qué se dañó, cuánto duró, a quién afectó, si había ocurrido antes y qué tan cerca estuvimos de que la dichosa incidencia terminara en tragedia. No estaría un comunicado después para compartir las medidas que se tomaron para que tal incidencia no volviera a incidir.

A este paso, el día que algo se venga abajo, el comunicado dirá que la estructura presentó una incidencia gravitacional, atendida de una vez, y de ya pa’ ya, por las unidades correspondientes. Y no se estrese.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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