Las grandes emociones tienen una forma peculiar de asaltarnos: aparecen tan rápido que rara vez tenemos tiempo de entender de dónde vinieron. En el calor del momento, parece que la frustración, el miedo, la tristeza o la rabia se deben única y exclusivamente a lo que acaba de ocurrir.

Nos convencemos de que el problema es ese comentario inoportuno, el error que alguien pasó por alto o esa sutil sensación de ser ignorados o descartados. Antes de que podamos procesarlo, ya hemos reaccionado: nos cerramos, entramos en bucle o buscamos culpables externos, sin darnos cuenta de que debajo de la superficie late algo mucho más antiguo.

El cuerpo tiene memoria

A menudo, estas reacciones desproporcionadas están conectadas con desencadenantes profundamente arraigados en nuestra historia personal. Cuando atravesamos una experiencia dolorosa, abrumadora o amenazante, nuestra mente consciente puede archivar el recuerdo, pero el cuerpo no olvida.

El sistema nervioso retiene la huella de lo que alguna vez se sintió inseguro. De este modo, crea patrones de supervivencia que se activan automáticamente cada vez que un evento del presente resuena, aunque sea mínimamente, con el pasado.

Es por eso que una interacción aparentemente insignificante —un tono de voz, un correo sin responder o una mirada— puede provocar una tormenta interna. No estás reaccionando solo a lo que pasó hoy; estás reaccionando a todas las veces que te dolió en el pasado.

Una reacción desproporcionada en el presente suele ser una pista de una herida no sanada en el pasado.

De la autocrítica a la curiosidad

La verdadera sanación no comienza cuando intentamos reprimir lo que sentimos, sino cuando aprendemos a mirar estas emociones con curiosidad en lugar de juicio. En lugar de caer en la trampa de la autocrítica y preguntarnos con frustración: ¿Qué me pasa? o ¿Por qué soy tan sensible?, podemos cambiar la perspectiva y plantearnos una pregunta mucho más compasiva:

  • ¿Qué me está intentando mostrar este sentimiento?

  • ¿A qué momento de mi vida me recuerda esta vulnerabilidad?

Al adoptar el rol de un observador curioso, empezamos a desarmar el piloto automático de nuestra mente.

Habitar el cuerpo para sanar la mente

Entender el origen de nuestras reacciones es un gran paso, pero la teoría no basta. Como el trauma y los desencadenantes se alojan en el cuerpo, la recuperación también debe ser somática. A través de la atención plena, la respiración consciente y prácticas que nos devuelvan al momento presente, podemos enseñarle a nuestro sistema nervioso que aquí y ahora estamos a salvo.

Con paciencia y autocompasión, las viejas armaduras y los patrones de protección comienzan a suavizarse. No podemos evitar que el mundo nos ponga a prueba, pero al sanar las raíces de nuestras reacciones, empezamos a ensanchar el espacio que existe entre el estímulo que nos altera y la respuesta que elegimos dar. Ahí, en esa pequeña pausa, es donde reside nuestra verdadera libertad.

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