“Tanto la fe como el miedo exigen que creas en algo que no puedes ver. Tú eliges”.
Esa frase de Bob Proctor toca una fibra muy profunda de la psicología humana: la imaginación.
En mi columna de hoy exploro esta dualidad y cómo nuestra percepción moldea nuestra realidad.
Este mundo está obsesionado con lo tangible, con lo que se puede medir, tocar y comprobar. Sin embargo, las fuerzas que más influyen en nuestras decisiones diarias son, irónicamente, invisibles.
El éxito, el fracaso, el amor y el estancamiento nacen en un espacio mental donde el futuro aún no ha ocurrido.
En ese vacío, solo existen dos inquilinos posibles: la fe o el miedo.
Tanto el miedo como la fe funcionan bajo el mismo principio: la visualización de lo inexistente.
El miedo es el uso de la imaginación para anticipar un desastre. Es crear un escenario detallado de dolor, rechazo o pérdida antes de que suceda.
La fe (entendida no solo en el ámbito religioso, sino como confianza absoluta) es el uso de esa misma imaginación para anticipar un propósito, una solución o un crecimiento.
Ambos requieren una inversión masiva de energía mental. Para tener miedo a perder un empleo, debes “ver” la cuenta bancaria vacía; para tener fe en un proyecto, debes “ver” el impacto positivo que tendrá. La pregunta no es si somos capaces de creer en lo invisible, lo hacemos todo el tiempo, sino en qué estamos invirtiendo nuestro crédito mental.
La Trampa del Miedo y la Libertad de la Fe
El miedo suele sentirse más “real” o “lógico” porque nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia. Prever el peligro nos mantuvo vivos en la sabana. Sin embargo, en el mundo moderno, ese mecanismo se dispara ante retos que no amenazan nuestra vida, sino nuestro ego o nuestra comodidad.
El miedo nos paraliza en un presente mediocre para evitar un futuro imaginario que probablemente nunca ocurrirá.
Por otro lado, la fe es una herramienta de creación. No se trata de un optimismo ciego o de ignorar los riesgos, sino de decidir que la posibilidad del éxito es más digna de nuestro enfoque que la posibilidad del fracaso.
Mientras que el miedo estrecha nuestra visión y nos pone a la defensiva, la fe expande nuestra perspectiva y nos permite detectar oportunidades que el ojo temeroso ignora por completo.
Una Decisión Consciente
Bob Proctor subraya una verdad incómoda pero liberadora: “Tú eliges”. La mayoría de las personas viven en un estado de “miedo por defecto”, creyendo que las preocupaciones son realidades inevitables. Pero una vez que entiendes que el miedo es tan ficticio como la esperanza (hasta que uno de los dos se manifiesta por tus acciones), recuperas el poder.
No puedes eliminar la incertidumbre del futuro, pero sí puedes elegir qué color le das a esa incertidumbre. Cultivar la fe requiere disciplina mental; es un músculo que se entrena cada vez que detienes un pensamiento catastrófico y lo reemplazas por una pregunta constructiva: “¿Y si esto sale bien?”
Al final del día, lo que no puedes ver terminará dictando lo que puedes hacer.
¿Qué vas a elegir?

