Casi siempre que alguien nos contradice, la primera reacción es levantar un muro. Nos da frustración, nos da rabia y nos dan unas ganas tremendas de gritar: “¡Yo tengo la razón!”. Pero la filosofía estoica, que tiene siglos de sabiduría, nos invita a mirar hacia adentro y a hacernos otra pregunta mucho más profunda: ¿Qué es lo que realmente estamos intentando defender con tanta ferocidad?

La respuesta es corta: el ego. El ego no es otra cosa que un mecanismo de defensa. Es una coraza rígida que nos ponemos encima, pero no porque seamos fuertes, sino para proteger una identidad que, en el fondo, es sumamente frágil.

Ahora bien, ¿cómo saber que el ego está tomando el control? Hay tres momentos clave en el día a día que lo activan por completo:

  • Cuando alguien no está de acuerdo con nosotras.

  • Cuando alguien nos critica abiertamente.

  • Cuando alguien pone en duda nuestra capacidad.

En cualquiera de estos tres escenarios, la mente siente un golpe inmediato. Nos ponemos en alerta roja. Pero, si lo piensas con frialdad... ¿qué es lo que se está atacando en realidad? No es nuestra vida, no es nuestra salud. Lo que se siente amenazado es la “historia” que nos hemos contado a nosotras mismos. Esa película interna donde nos repetimos: “Soy alguien importante”, “Siempre tengo la razón” o “A mí me tienen que respetar”. Cuando la realidad no coincide con esa película, el ego entra en pánico y reacciona.

¿Y cómo reacciona la gente cuando está atrapada por el ego? Interrumpen las conversaciones, discuten por cualquier detalle, justifican cada error y escalan una pequeña diferencia hasta convertirla en una guerra.

El gran filósofo Epicteto lo resumió de una forma brillante. Él decía que si las palabras de otra persona tienen el poder de hacerte perder el control, significa que estás creyendo que esa persona tiene el poder de definir quién eres. Y ahí, amigos, es donde está el verdadero problema.

¿Cuál es la propuesta de los estoicos? En lugar de gastar energía defendiendo nuestra imagen, lo que el estoicismo nos pide es analizar la crítica con la mente fría y preguntarnos: ¿Hay algo de verdad en lo que me están diciendo?

A partir de esa pregunta, la vida se simplifica muchísimo porque solo quedan dos caminos:

  1. Si resulta que la crítica es verdad: No te enojes, agradécela y úsala para mejorar.

  2. Si resulta que la crítica es mentira: No te enganches, simplemente ignórala y sigue adelante.

De cualquier forma, el ego se vuelve completamente innecesario. Las mentes maduras y fuertes no corren a dar explicaciones ni a defenderse; se sientan a escuchar.

En el instante preciso en que dejas de obsesionarte por proteger una imagen o una etiqueta, ocurre un milagro: la crítica pierde todo su veneno.

Cuéntame, ¿qué vas a hacer la próxima vez que alguien los contradiga? ¿Van a dejar hablar al ego, o van a elegir la sabiduría?

¡Buen fin de semana!

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