Hace un par de semanas estuvimos en Charleston, Carolina del Sur, visitando a la familia de mi hijo. Resulta que el jovencito cumplía cuarenta años y quisimos ir a celebrar con él. El viaje fue largo, pues, además de esperas prolongadas en el aeropuerto donde hacíamos conexión, tuvimos un atraso del vuelo, así es que llegamos a una hora indecente, pero él, muy caballeroso, nos fue a buscar al aeropuerto.

Los días transcurrían entre tranquilos y azarosos pues la pequeña celebración incluía, además de una chiva parrandera de lo más elegante, un happy hour en casa para el cual se servirían algunas cositas de picar estilo panameño. El mafá no fue problema pues viajó de Panamá, pero las carimañolas y otros animales requirieron unas cuantas horas más. Sin embargo, todo se logró sin contratiempos.

Cada mañana, cada uno se preparaba su desayuno. Es la tierra del autoservicio y funciona de maravilla. Comparar los huevos que se hervían por distintas cantidades de tiempo resultó ser un ejercicio de lo más divertido. Yo soy de comer huevos duros, tanto así que a veces cocino un montón y los refrigero para añadirlos a ensaladas, emparedados y, por supuesto, para desayunar.

Mi nuera también es aficionada a desayunar con huevos, pero a ella, a diferencia de a mí, le gustan con la yema ligeramente cremosa. No líquida como un huevo pasado por agua, ni bolita completa como a mí. Para que el procedimiento fuera más eficiente, poníamos todos los huevos juntos e íbamos sacando los propios al término del tiempo deseado. Pitaban los teléfonos a los seis y doce minutos anunciando que era momento del baño helado.

Se podrán imaginar que no pasó un día en el que no reviviera las imágenes que se sucedían en casa de mis abuelos: huevos pasados por agua. Para él, tres minutos, medidos con reloj de arena —que era lo que había—, o por lo menos eso creo porque yo no era lo suficientemente grande como para manejar los detalles. Para Mami Loli, no recuerdo, pues más bien creo que ella era aficionada a las michitas de pan con doble mantequilla. Doble quiere decir que se unta el pan antes de entrar a la tostadora y se vuelve a untar una vez que sale. Pecado mortalísimo, pero delicioso.

Consumir esos huevos era todo un proceso, o más bien un protocolo. Llegaban sobre esos soportes especialmente diseñados para que el huevo se siente cómodamente con el piquito hacia arriba. Venían ligeramente cascados, apenas una rajadura horizontal para que el comensal lo terminara de abrir. Para comerlos se usaban unas cucharitas especiales de concha nácar, pues era entendido que el huevo manchaba de negro los cubiertos de plata.

No recuerdo que hubiera grandes dramas en relación con el tiempo de cocción, pero sí amables recordatorios de que algún día estuvieron o muy para acá o muy para allá. Así lo vi y así lo cuento. Si es exacto o no, quién sabe.