¿Cómo se despide a una persona que ha sido parte de tu vida casi toda tu vida —valga la redundancia—? Me gustaría pensar que dejamos ir su cuerpo a ese lugar donde todos estaremos mejor, pero jamás nos despediremos de su esencia. Esa quedará con nosotros para siempre.
En esa lista de personajes inolvidables incluyo a Alvaro Alfredo Arias Arias, aka Colorado, Red, Albaricoque, Coque, Koke; cada quien escogió el apodo que más le gustó en el momento que lo conoció, o se acomodó al que alguien más le puso. Suerte de los pelirrojos. Además de distinguirse por una llamativa cabellera se hacen acreedores a variedad de nombres.
Álvaro, estoy segura de que te conoce —perdonen el tiempo presente, pero no me resigno a su ausencia— medio mundo, y en esto soy literal, pues la lista de actividades profesionales en las que te vi participar es larga, por no decir interminable, pero para mí no eras ni el abogado, ni el director de una junta directiva, ni el hijo del expresidente; eras primero mi amigo, más adelante mi cuñado y terminaste de recorrer este camino por el que andamos todos y que se llama vida, como un hermano para mí y el resto de mi familia.
Siempre salen a relucir las fotos de los años de la secundaria en Canterbury School, en New Milford, Connecticut con Fulo mi hermano† e imposible olvidar la aventura de la conquista de Angela —mi hermana—, que no fue tarea fácil. Te hizo sudar la Chonchi Bonchi. En aquellos días confirmé que no existen tareas imposibles. No para los tesoneros. Los años en Washington mientras ambos estudiaban fueron increíbles. Llenos de responsabilidades, pero divertidos. El regalo de compartir con ustedes una pequeña parte lo atesoro. Todavía nos reímos juntos de las travesuras de aquellos días y de muchas posteriores.
Cuando me escogieron como la madrina de su muy esperada y bienvenida primera hija Carmen Inés, ¡ufff!… me sentí profundamente honrada y ese honor todavía me llena el corazón, pero lo que lo hace explotar es el cariño que germinó y creció en estos más de cincuenta años en también me pusiste sobrenombres y no necesariamente tan publicables como Koke.
La vida fue buena contigo. Premió tu trabajo con el éxito; premió la dedicación a tu familia con unos hijos y nietos maravillosos que te regalaron felicidad a borbotones, y un día, sin previo aviso, apareció la piedra de demoler. Una enfermedad sin nombre, un deterioro más veloz de lo que podíamos procesar, una lucha titánica por encontrar remedio. No estábamos listos para dejarte ir Koke, queríamos verte disfrutar un viajecito más, una comida más —porque goloso fuiste—, un abrazo más, especialmente, un abrazo más.
Pero no te preocupes, que seguiremos hablando de ti, contando sobre la dieta del yogur y cómo cambiar pañales de niñas ajenas, de tu afición por el arroz con cacao de Bebella y de lo que darías “por un beso de la flaca”, tu casi ahijada. Te vamos a extrañar Colorado, pero nunca te vamos a olvidar.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
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