Fotolia 220679902 Subscription XL diario - Y yo, ni fui al Colegio Javier

Cada quien tiene sus memorias propias de sus años de colegio. Parece mentira que aun las personas que han compartido un mismo salón por doce o trece años, que se han sentado en pupitres contiguos y han escuchado al mismo profesor dictar la misma clase, tienen opiniones completamente diferentes de estas vivencias. A veces parece que hubieran transcurrido en universos distintos.

Vemos pues que presentados con una misma situación o persona se reciben tantas descripciones como testigos se consultan. Estoy segura de quienes fueron al Colegio Javier piensan lo mismo que yo que fui a Las Esclavas, pero eso no viene al caso. Lo que les quiero contar hoy es una experiencia que tuvimos durante nuestra visita reciente a Bilbao y que fue realmente enriquecedora.

Mi esposo —y sus cuatro hermanos— sí se graduaron del Colegio Javier. Fueron alumnos en aquellos años en que el padre Marcelo Gorrochátegui (Gorrotxategui en vasco) deambulaba por los pasillos de aquellas enormes instalaciones. Tuvo varios “puestos” y era de fama entre los alumnos por varias cosas. En primer lugar jugaba fútbol y era bueno. Por otro lado, era un gigante de la disciplina —como se esperaba de la autoridad en aquellos años— y creo que también se debe haber ganado el corazón de padres de familia y alumnos porque la mención de su nombre, suele traer comentarios positivos.

El caso es que Gorro ya está pegándole a los noventa y como suele suceder con los sacerdotes retirados vive en una “residencia” para Jesuitas. Lo cuidan bien, lo acompañan otros sacerdotes que como él ya han colgado la tiza y el borrador, pero a fin de cuentas es un grupo de ancianos al que muchas veces le puede costar la comunicación por sus condiciones físicas.

Cuando dijimos que íbamos para Bilbao, un cuñado me comentó que Gorro vivía allí, así es que hice las averiguaciones que pude para indagar sobre su destino. Logré respuesta justo el día que llegábamos a la ciudad y así fue como al día siguiente nos dispusimos a visitarlo. Como ya les he dicho fue una mañana memorable.

A Gorro le cuesta hablar y está en silla de ruedas, pero basta que uno diga la palabra Panamá para que le brillen los ojos y empiecen a salir de su enrevesada lengua toda clase de historias de sus años por este país tropical. Todas vienen cargadas de cariño, de nostalgia y creo que de un sentimiento de “triunfo” si cabe la palabra ante los logros que obtuvo en sus años por acá.

Peleó con otros jesuitas del colegio por la instauración del Servicio Social Javeriano —cosa que no fue fácil y le ganó más de un inconveniente— tuvo la oportunidad de educar a miles de jóvenes panameños, vio salir de la tierra una capilla redonda en la que se cantaba la misa “a-go-go”, algo nunca antes visto y muchas cosas más.

Que no todos querían al padre Gorro, estoy segura de ello. Que algunos tendrán una anécdota que recuerdan como desagradable, igualmente segura, sin embargo, él sí que recuerda a Panamá con un amor indescriptible. Este país fue su vida, y para él, una vida buena. Sacamos cuentas y llegó aquí siendo apenas un joven de treinta y pico de años, lleno de energía y de buenos motivos. Para nosotros, mi esposo exalumno y yo, hermana de exalumnos, fue maravilloso dedicarle aquella mañana en Bilbao. Creo que de alguna manera devolvimos un poquito, tan solo un poquito de lo tanto que él dejó por acá. ¡Gracias Gorro!