La semana pasada, o por ahí, estuvimos en san José, Costa Rica visitando a nuestros queridos amigos los Muñoz-Ortiz, de quienes ya les he hablado alguna vez. Fue un viaje muy sin planear, muy improvisado que nos sacamos de buche con relativa facilidad. Fue algo así: Les escribimos, propusimos visita, nos dieron fecha, nos funcionaban, había cupo para comprar boletos con millas y, además, resultó que estábamos hablando de los Carnavales. Casi perfección pues además había días libres.

Aunque yo los había visitado un par de veces en los últimos años Mr. Fábrega tenía decenas de años de no pasar por allá así es que con su presencia le cambiamos la cara al viaje. ¿Qué hicimos por una semana? Básicamente, ponernos al día con los acontecimientos de las vidas de parte y parte y entre un cuento y otro, un desayuno y otro, visitamos la academia de equitación de su hija Leonor, montamos a caballo, nos fuimos a pasar el fin de semana en “la casa de la montaña” como se conoce una curiosa cabaña de madera desde donde se aprecia una vista de todo el valle de San José que es exactamente preciosa y donde tomarse una “olla de carne” (sopón de carne lleno de verduras) a las seis de la tarde para calmar el frío puede resultar un placer indescriptible.

Como andábamos contándonos las vidas salieron a relucir toda clase de historias familiares, dichos de aquí y allá y en alguna de esas divertidas conversaciones surgió el que le ha dado título a este artículo. Como ven, doy vueltas, pero llego al punto en algún momento. Yo quedé hechizada con el tal refrán porque en estos tiempos en que a uno le caen tareas por todos lados dan unas ganas terribles de gritar “no puedo más” y una forma muy educada de decirlo sería echando mano de este dicho tan apropiado.

Muy sabio es porque se aplica a todo, no solo a las tareas que implican pelear con un tráfico infernal a diario, sino también a las cargas emocionales que le caen a uno de todos lados, porque bien se habrán dado cuenta ustedes que existen personas que hasta eso se lo dan a alguien para que se lo lleve. Preocupaciones, crisis existenciales, dilemas personales, no hay límite para los asuntos que tocan la puerta cualquier jueves del mes. Es que a la gente le gusta pasarle a uno la lora y uno que se la queda en el hombro como los piratas.

Hay que aprender, hay que practicar el arte de hacerse el chivo loco o como le oigo decir a quienes ya lo dominan “cuando estés en comunidad no muestres habilidad”. ¿Cómo se logra eso? Francamente no lo sé pues uno es como es, entre otras cosas buen acomodador, y siempre encuentra espacio en la carreta para un chunche más, aunque sea ajeno.

Por lo pronto, seguiré saboreando mi delicioso viaje lleno de cuentos divertidos y de lecciones de vida que se quedarán conmigo acompañando a la lora.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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