10sep deldiariodemama1000 1024x683 - Una invitación especial

Hace un par de semanas recibí llamada de una profesora de Smart Academy para invitarme a una charla/conversatorio con alumnos de noveno y décimo grado sobre “escribir”. Me sentí muy halagada e inmediatamente acepté la invitación. Me fascina tentar la mente de la gente joven y llevaba tiempo distanciada de los adolescentes. Mis hijos ya son adultos, mis nietos aun son niños y ya no participo activamente del servicio social de las escuelas de las que se graduaron mis hijos.

Me dispongo pues, muy diligentemente, a construir mi presentación ya que, mal puede uno enfrentar un grupo de muchachos altamente tecnológicos con cualquier charlita del siglo XX. ¿Se imaginan? Me hacen picadillo en dos minutos o, peor aun, se duermen. ¡Qué susto!

Escribí un montón de ideas. Las dejé reposar como la masa de pan. Las volví a mirar un par de días después. Las amasé un poquito más, les saqué unas bruscas y al reposo nuevamente. Se podrán imaginar que es imposible hablar de escribir sin visitar primero la lectura y, en mi caso, esta se remonta a los años del réquetepum, porque yo tenía escasos cuatro o cinco años cuando mi papá me enseñó a leer y mi mamá aprovisionó la casa de todo tipo de material de lectura.

Me fascinó revivir aquellos días porque, como he compartido muchas veces con ustedes, mi infancia y juventud fueron absolutamente fabulosas. Poca pantalla y mucha imaginación poblaban nuestros días. Recorrer el país era una actividad recurrente y ahorrar para comprar paquines, un hábito semanal.

Y bueno, llegó la hora y arranqué a reunir todos aquellos retazos de textos que forman la pintura de mi vida. Recordé los cientos de cartas que alguna vez escribí a mis amigas, familiares y novios desde los destinos donde alguna vez fui a estudiar. Visité nuevamente las páginas de mi “querido diario” (ojo, no éste, sino el libro rosado empastado, con candadito), en fin, viajé de aquí para allá y a los asistentes me los llevé en la maleta conmigo. Cuando iba llegando al final de la charla empecé a leer las preguntas que entraban por el chat del Zoom. Eran muchas. ¡Me puse feliz!

Pero, ocurrió que a la computadora le dio por “engalletarse”. Quise morir. Todo congelado. Respiré hondo, me concentré y, como buena hija de mi papá, activé el plan B: entrar al Zoom por el celular. ¡Listo! Fueron solo un par de minutos perdidos y ya el Powerpoint estaba en la última filmina. Me costaba un poquito más de trabajo acceder a las preguntas pues solo podía ver una a la vez. Me preguntaron de todo, de todo, de todo.

Indagaron sobre mi proceso creativo al escribir, mi plato favorito en la cocina, mi chef de preferencia, cómo había llegado la cocina a mi vida profesional, alguna frase de algún libro que recordara, qué autores me gustan. Querían saber si me gusta más cocinar o escribir. Esa pregunta no la pude contestar. Hubo interrogantes relativamente fáciles de y otros ciertamente existenciales. Me sentí muy importante, pues confirmé que no solo se mantuvieron despiertos sino que habían prestado atención.

Son momentos como aquel los que nos recuerdan la importancia de mirar hacia la juventud con ojos de respeto. Porque repetimos que son el futuro, que de ellos depende el bienestar (y quizás la supervivencia) de la humanidad, pero no siempre miramos a esos chicos a los ojos como los iguales que son.

Y así fueron pasando diez, veinte, casi treinta minutos de preguntas y llegó la despedida, no sin una promesa de regresar. Y, ya me conocen, soy buena Muchacha Guía: “siempre lista”. Nuevamente, gracias, Smart Academy.