He vivido el noventa por ciento de mi vida en la ciudad de Panamá. La he visto evolucionar de un destino amable de casas con jardín y barriadas donde los niños y jóvenes podían patinar y montar bicicleta sin arriesgar la vida; barriadas en las que la regla general era que había que entrar a la casa a las horas de comer, hacia una mole de concreto en la que no se puede distinguir una torre de otra, en la que los jardines fueron reemplazados por concreto y los palos de mango donde se posaban los pericos ahora son postes eléctricos de donde cuelgan marañas de cables que nadie sabe por qué o para qué son. Siento nostalgia por aquella ciudad en la que desde Campo Alegre se podía ver el mar.

Cuando empezó a llegar “el progreso” brotaron edificios como hongos. Primero relativamente bajos, comparados con las torres de decenas de pisos que vemos hoy en día, y luego todo se descontroló. Cuando veo Punta Paitilla desde el Causeway, definitivamente me impresiono: se muestra como un pequeño Nueva York. A veces me parece que se va a desprender y salir navegando al mar como una isla. Verla de lejos es lo bonito. Por dentro se comprueba que Juan desde su lavandería está literalmente dentro de la recámara de Marta quien vive en el edificio de al lado, y ni hablar de la congestión en las calles producto de la falta de estacionamientos suficientes para sus residentes e invitados.

Los edificios para oficinas tuvieron igual auge, solo que ahora que la nueva generación no entiende eso de bañarse, vestirse y pelear con el tráfico para llegar a un espacio común de trabajo y solo aceptan empleos en los que puedan trabajar “remoto”, los espacios han ido quedando vacíos. Por supuesto que aquellos inversionistas que pusieron sus esperanzas en estos locales ahora están mirando para el ciprés tratando de buscarles algún uso que pueda generarles ingresos suficientes para pagar la hipoteca. ¡Pobre gente!

Lo que no me queda claro es por qué, si un grupo poblacional ya no se mueve para ir a trabajar, el parque vehicular sigue aumentando. Hay automóviles hasta debajo de las piedras y los tranques son épicos. Reconozco que no se deben únicamente al exceso de edificios, sino a la ausencia total de un departamento de tránsito que ponga orden, pero ese es tema para otro artículo en el que compartiré lo mismo que ya he incluido en esta columna en fechas anteriores, pero que sigue siendo un problema es-pan-to-so.

¡Mi pobre ciudad! Ya no hay vuelta atrás. Predominó la creencia de que la construcción trae progreso, y sí, lo trae, pero no hemos aprendido que debe hacerse responsablemente, no solo por dinero. Me gustaría verla verde, con aceras, con espacios de estacionamiento apropiados para acceder a los destinos de esparcimiento, con parques que no se limiten a cumplir con el mínimo de metros que dicen las leyes. Me gustaría que cuando respiro hondo sienta que inhalo aire puro, porque un edificio no hace un país.