Muchas veces pensamos que los días transcurren unos iguales a otros. La misma rutina, el mismo trabajo, la misma gente a nuestro alrededor. Superficialmente, puede ser, sin embargo, cada día es cada día y nunca jamás será igual al anterior o al que le sigue, por más que hagamos un esfuerzo por repetir todo exactamente igual.

La razón principal por la que cada día es diferente es porque nosotros cada día somos diferentes. Nos levantamos de este o aquel humor; tenemos más o menos ganas de trabajar; somos más o menos amables con la gente a nuestro alrededor, en fin, somos como un río que corre y que jamás lleva el mismo caudal. Así de sencillo.

Es por esto que un día como cualquier otro, digamos un martes, por escoger aquel que no suele ser famoso, puede ser el que cambie nuestras vidas. Cualquier martes, un martes como cualquier otro puede ser el día en que conozcamos a esa persona que como primera impresión nos hizo pensar que no queríamos verla más nunca en la vida, pero que luego de una conversación somera nos deja ver a alguien que entrará en nuestra vida para quedarse, y no hablo de una pareja, sencillamente me refiero a un compañero de trabajo, la madre de un compañero de colegio de un hijo, o la amiga de la amiga que vino de visita.

Les cuento que me gustan esos días que son como cualquier otro. En realidad, me fascinan, pues tan solo despertarme con el entendimiento de que es mi responsabilidad de que pasen a la historia por sus propios méritos me tienta. Más bien me obliga a ver más allá de lo obvio y anotar en la libreta del alma lo que encontré. Siempre hay algo, es solo que hay que caminar con los ojos abiertos, como me recalca una amiga.

Esta acción es uno de mis grandes orgullos y probablemente la razón por la que puedo compartir con ustedes cada semana. Voy por la vida con los ojos abiertos y, confieso, que con los oídos también. No lo hago con la intención de espiar a nadie, sencillamente me nace y creo que es por la curiosidad de no perderme de nada. Porque en lo humilde y evidente de cada momento hay algo especial. O hay algo con posibilidad de ser especial pero que solo llegará a serlo si nosotros le damos ese estatus. Así pues, lo cotidiano se eleva de categoría gracias a nuestro interés.