A través de los tiempos distintos alimentos han sido demonizados por razones varias. Aunque la margarina surgió en el siglo XIX, fue a mediados del XX cuando se agudizó la campaña para promover su consumo aduciendo que la mantequilla era como el mismo demonio en persona y que quienes no migraran al batido de aceites morirían más temprano que tarde. Gracias a Dios en casa nunca se adoptó la costumbre pues mi madre manifestó enérgicamente que sus platos no se afectarían con el dichoso sabor.

Hoy en día han caído en desgracia el azúcar, el gluten, las proteínas animales y otro montón de cosas más. Es complicadísimo comprar víveres pues ponemos algo en la carretilla pensando que es un alimento sano y antes de llegar a la caja registradora ya nos hemos encontrado con un montón de personas que no solo miran mal nuestra carretilla, sino que nos listan todos los venenos que llevamos dentro.

Bien, cada uno tiene derecho a defender sus creencias y muchas de ellas son válidas. Sin embargo, cuántas veces no hemos visto a los villanos alimentarios ser reivindicados para crucificar al reemplazo. Yo me inclino por el sentido común y, por supuesto, por comer sano sin sacrificar el buen sabor.

Pero un día, paseando por el supermercado feliz y contenta, como suelo hacerlo, me detengo frente a las latas de duraznos en almíbar, que son vecinas de las del Fruit Cocktail, para el grueso de la población Tutti Frutti (o tutifruti, como lo lista el RAE), y en segundos viajé a la infancia temprana cuando una lata de tutifruti resolvía el postre para una familia entera, no sin la pequeña batalla por la asignación de las dos medias cerezas que venían acompañando a los trocitos de durazno, pera y uva.

No sé por qué bautizamos el contenido como tutifruti, aunque sí me he enterado de que es un término antiguo derivado de tuttala fructa, en italiano. Originalmente, las ensaladas de frutas se preparaban en casa y cada localidad podía, o puede tener, su favorita, la cual ha bautizado con algún nombre específico y creativo como macedonia, ambrosía o sencillamente cóctel de frutas. Este último nombre entiendo que surge pues en muchos casos para preservar las frutas de temporada se envasaban con algo de licor, además del azúcar tradicional. Y, por si no lo sabían, para poder ostentar el nombre cóctel de frutas en Estados Unidos el producto debe tener una proporción exacta de cada fruta. ¡Vea usted! Esa sí no me la sabía.

El caso es que la palabra es tan sabrosa que se utiliza para un millón de cosas, especialmente aquellas que denotan mezcolanza, por lo que uno puede tener un tutifruti de lo que sea: de muebles en la casa, de prendas de vestir sobre el cuerpo y, llegando al extremo, se ha utilizado para calificar a hombres homosexuales. Este artículo, por ejemplo, podría ser un tutifruti de ideas. El caso es que debo confesar que, frente a la tentadora lata de almíbar con algo de frutas, caí. Ahora la tengo en mi despensa y no me atrevo a abrirla.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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