Amanece temprano… bueno, amanece a la hora que siempre amanece. Quise decir que me levanto temprano, comentario en realidad innecesario pues siempre lo hago, sin embargo, en este día específicamente, lo hago llena de motivos pues anoche, en la duermevela soñé, no con uno sino con dos temas para esta columna.
En ese lugar, acompañada de Morfeo, —pues en sus brazos no estaba— redacté párrafos enteros para cada uno, los edité, les añadí y quité, como suelo hacer cuando estoy escribiendo y finalmente cuando decidí aceptar el abrazo del dios de los sueños lo hice con la absoluta convicción de que hoy, justo en este momento, ya tendría por lo menos uno de los textos listos para enviar a la editora de la Revista Ellas.
Como les he comentado, cuando se me ocurre una idea —en realidad un título— inmediatamente lo anoto en la sección de notas de mi celular lo cual hace muy fácil y expedito revisar cuáles ya he desarrollado y cuáles no. Pero a medianoche, aunque mi conciencia me dice que debo hacerlo, mi cuerpo se rehúsa a completar los movimientos necesarios para finiquitar dicha tarea.
No anoté nada. Me desperté con la mente en blanco. Bueno, en verde, quizás, pero en blanco de temas para la columna que ayer prometí enviar hoy, con ánimos de ir adelantando material para los días libres que llegan con la Semana Santa que está a la vuelta de la esquina pues ya estamos casi cerrando el mes de marzo.
Me levanté, no hice la cama esperando que mi esposo apareciera para hacerla juntos que es muchísimo menos complicado, caminé al baño, completé rutina de aseo matutina, salí del baño, di vueltas por la casa, leí unas páginas de un libro que me acaba de llegar, me distraje más de la cuenta en eso porque está muy bueno, lo cerré, me colé un café mientras seguía hurgando en mi cerebro con la esperanza de que por lo menos uno de los dos temas apareciera en el tablero. ¡Nada!
Me visto. Me siento frente a la computadora. ¡Nada! Son apenas las siete de la mañana y ya la frustración se apodera de mí. Doy otra vuelta. Reviso nuevamente la agenda del día. Muevo dos cosas de lugar para hacerla más eficiente, aunque eso nunca es seguro.
Me entra una llamada del Call Center de Félix B. Maduro que me habían prometido para hace 6 semanas. Pierdo la dulzura de carácter pues, luego de casi cincuenta años de ser cliente de crédito del que solía encabezar mi lista de almacenes amables, se han inventado un método de cobro extrañísimo mediante el cual insisten en que uno pague en ochocientas mensualidades y firme no se cuántos documentos y por más que uno le indique a la vendedora/cajera que NO LO QUIERE, se enredan, lo registran mal y le llegan a uno correos con los susodichos documentos. Cada vez me gusta menos visitar ese almacén en el cual literalmente crecí. Sigo sin tema, pero se me ha llenado la página. Seguiré tratando de recordar. A lo mejor esta noche Morfeo me los devuelve.
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