Estoy segura de que alguna vez les he comentado como me molestan los diminutivos, especialmente cuando se aplican a los nombres de las personas. Digo esto porque un Pablito de seis años no le molesta a nadie, pero ya cuando vamos por sesenta la cosa se pone extraña.

Hoy casualmente, hablaba con una amiga que está pasando por una enfermedad y me dice algo así: “¿Qué les pasa a los doctores… piensan que si le ponen diminutivo a las palabras se reducen los dolores de la piernita, la muelita, la cabecita?”

Por supuesto, me sentí totalmente identificada pues cuando hay algo que a uno le molesta lo capta al vuelo. Igual me pasa cuando veo enchufes desalineados en una pared, cosa que ni yo misma entiendo muy bien pues estoy lejos de ser perfeccionista en la mayoría de las cosas. Otro día hablaremos de eso.

Me causó más risa el comentario de mi amiga pues justo el fin de semana que acabo de dejar atrás, conversando con un grupo de invitados que llevamos a la finca fui el hazmerreír durante buena parte del fin de semana pues hablando sobre una experiencia pasada dije que me habían regalado un “galoncito” de miel.

Se podrán imaginar lo que aquel comentario desató. Que si un “galoncito” es más pequeño que un galón; que galón es galón no importa como le llames; que si estaba pensando en medio galón cuando dije “galoncito” y mil comentarios más todos acompañados de carcajadas, por supuesto.

Estoy segura de que esto no se quedará así, que cada vez que el grupo se reúna surgirá alguna instancia en que el “galoncito” saldrá a relucir junto con las miradas llenas de picardía y las carcajadas en voz alta. Yo creo que lo cargaré para el resto de mi vida como una maldición gitana porque, como ya les comenté al principio, detesto los diminutivos a menos que su uso sea estrictamente necesario.

Buscando entre mis archivos de la columna aquellas ocasiones en que podría haber desarrollado el tema a fin de no repetirlo textualmente, me sorprendió no encontrar ningún artículo dedicado exclusivamente a los susodichos. Me pareció raro, pero tengo que aceptar que los archivos no mienten.

Sí encontré uno sobre “las horas chiquitas”, es decir las mañanitas, tardecitas y nochecitas y el significado que solemos darle a dichos términos en Panamá en nuestra jerga coloquial. Confesión: ya lo había olvidado. No me molesté porque es del 2021 y bueno, cinco años son cinco años y en el último quinquenio los olvidos llegan con más frecuencia que antes. Hay artículos de 1998 que casi puedo recitar textualmente, pero eso se debe a que los escribí hace casi treinta años cuando tenía buena memoria.

No me está gustando esto de hablar de la memoria como si fuera algo que cuando se va no regresa. Habrá que ejercitarla como a los bíceps porque sin ella, tendré que decir adiós a esta página.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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