Hace unas cuantas semanas, vislumbrando que se acercaba el Día de la Madre, decidí que para que mis hijos tuvieran un día más tranquilo, sin las ochocientas paradas acostumbradas para el día 8 de diciembre, tendría una cenita en mi casa el siete. Me parecía súper sabio de mi parte, -ya saben… uno y su ego-, pues así podríamos disfrutar tranquilos sin corredera y, sobre todo, hasta un poquito más tarde pues los nietos no tendrían escuela al día siguiente.

Confeccioné una tarjetita virtual, se las mandé e invité a mi mamá y a mi suegra, las dos grandes cabezas de familias gigantescas y muy variopintas. Solo las tres hijas que están actualmente en Panamá y las abuelas/bisabuelas. El evento sonaba íntimo y fácil de manejar. Una de mis hijas recogería a mi mamá y mi esposo traería a la suya pues le quedaba en el camino de vuelta de una reunión. Hasta ahí todo perfecto.

Sin embargo, se me había olvidado un pequeño detalle y es que en este país nuestro llamado Panamá, el día antes del Día de la Madre se forma un desmadre parecido al fin del mundo, más aún si los empleados del gobierno han cobrado su décimo tercer mes por adelantado. Y así como se forma la tormenta perfecta, la ciudad fue víctima de un colapso total. Me cuentan, porque yo la única salida que hice la efectué pasaditas las siete de la mañana, que no había calle, avenida ni recoveco que se salvara del tranque total.

Mi esposo, regresando de la reunión que les mencioné, optó por hacer una parada técnica en la casa de su mamá (a quién debía recoger a las seis y media) porque se dio cuenta que jamás de los jamases podría llegar a casa y regresar a buscarla. Le había tomado hora y media llegar a las primeras calles de Bella Vista desde el Puente de las Américas.

Una hija, estuvo encerrada en Punta Paitilla por igual tiempo. En fin, el asunto estuvo tétrico. Y yo, que me las había querido pasar de buena gente, con el sentimiento de culpabilidad alborotado tan solo de pensar que todo el mundo estaba atorado sin salvación alguna gracias a mi invitación.

Al final todo el mundo llegó y disfrutamos de la cena que me había quedado bastante buena, sin embargo, yo que ya me jactaba de haber iniciado una hermosa tradición para celebrar a las madres ahora no paro de pensar que el próximo año se repetirá esta película cuadro por cuadro y así mismo será en los años por venir.

No se me ocurre cómo evitar que los invitados tengan que pasar por el mal rato de estar atorados en el tráfico por un mínimo de dos horas. Quizás los invito a dormir a mi casa el día antes o, en el peor de los casos, me hago la chiva loca porque ya saben cómo es esto de las celebraciones: para el Día de las Madres, las mamás trabajan para celebrar su día y para el Día del Padre trabajan para celebrar a papá. Y lo mismo ocurre en Navidad, Semana Santa, ¿Cuándo será que alguien más las celebre en los días importantes de su vida? Así como que haya un día en que no se ponga uno el delantal y a nadie le importe que las pailas estén bocabajo… Yo aquí, pensando en voz alta.