En 1995 mi esposo compró su finca en Paso Real, un destino encaramado en las montañas de Penonomé donde, hasta el sol de hoy, treinta y un años después, no ha llegado la luz eléctrica y nos abastecemos de agua de un acueducto rural. Hace poco más de un año y medio migramos de nuestra casa de quincha a una normal y corriente, es decir, con materiales de construcción estándar, aunque la madera de los pisos y demás, provino de la plantación de teca que inició mi marido hace treinta años.
En el año 2001, nueve amigas que venimos riendo juntas desde el colegio nos aventuramos a pasar un par de días en aquella soledad, todavía bastante salvaje. Fueron días maravillosos, hirviendo agua en la estufa de leña, colando café con manga como las abuelas y moliendo maíz para las tortillas del desayuno. Bautizamos nuestra estadía como “retiro a la medida”.
Tan bien nos fue en aquella actividad que cada cierto tiempo nos entra el afán de repetirla. No puedo decirles con exactitud cuántos “retiros a la medida” hemos completado en los veinticinco años transcurridos desde el primero, pero a ojo de buen cubero, yo diría que entre diez y doce. Hace menos de una semana completamos el último, en esta ocasión en El Valle de Antón. Somos nueve y, sin importar el tamaño del alojamiento, siempre cabemos. Sabemos dormir de dos en dos, como en las pijamadas del colegio y a pesar de que alguna ronca —o quizás todas, porque ya no tenemos quince años— encontramos la manera de conciliar el sueño.
Somos diferentes, siempre lo hemos sido, pero nos entendemos. Lo más divertido de todo es que como fuimos a la misma escuela —no todas al mismo grado, pero los grupos se juntan en el recreo—, cada vez que empieza un cuento hay nueve memorias capaces de completarlo.
No todas nos acordamos de las mañas de cada profesor, pero una aporta sobre el modo de hablar y otra sobre cuántos cigarrillos se fumaba durante la clase, porque sí, los profesores fumaban en el salón en los años setenta. Dan ganas de poner un muñequito de Whatsapp después de esa frase. Aquellos intercambios desordenados y escandalosos arrancan no sonrisas ni risas, sino carcajadas, largas y estruendosas… por horas. Porque, sin compromisos para el día siguiente, no hay que acostarse temprano.
Recapitulando, me vienen a la mente, además de los momentos estupendos como los vividos en los “retiros a la medida”, todos aquellos difíciles, tristes, complicados y atribulados que hemos compartido. Confirmo que nos queremos como somos, aunque no siempre nos tengamos paciencia, pero, a los setenta ¿a qué o a quién le tenemos paciencia? Confirmo también que la solidaridad pervive y cada una, según sus destrezas, colabora en lo que el grupo necesite. Confirmo que hemos superado barreras y noches largas. Confirmo que, a través de distintos proyectos, hemos orientado esfuerzos hacia el bien común de panameños menos afortunados. Confirmo que vamos por buen camino. ¡Brindo por más retiros a la medida!

