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Hace un par de días mi esposo y yo fuimos a ver Más que hermanos. Nos gustó mucho, de hecho, me hicieron llorar, lo cual en mi libro significa que he pasado un buen rato, pues no suelo llorar en la vida real, así es que en el cine me desahogo.
Teníamos rato de no ir al cine y francamente no sé ni por qué, ya que nos encanta a los dos. Llegamos en carros separados, pues así nos lleva la vida de aquí para allá y yo llegué un pelín antes. En realidad bastante antes, pero aproveché para hacer unas compritas.
Mientras hacía la fila para comprar los boletos, que por cierto no sé por qué me puse en la que tenía seres humanos vendiendo boletos porque me tomó horas llegar al mostrador y era la segunda en la fila, no pude evitar viajar a los teatros de mi infancia y juventud. En aquellos uno compraba un boleto y se podía quedar a ver la película cuantas veces quisiera. Es más, si uno llegaba tarde “la empataba” en la siguiente tanda y se ponía al día con los repartos que, tengo que confesarles, me gustan casi tanto como las películas.
Era muy elegante ir al cine, pues cuando uno iba a entrar a la sala le entregaba los boletos –que eran pequeñitos y con su forma y estilo particular– a un “acomodador” que muy diligente lo llevaba a uno por los pasillos oscuros, iluminando el camino con una linterna. Por supuesto que los asientos no eran numerados, así es que uno se acomodaba donde mejor le viniera en gana; eso sí, el acomodador iluminaba la vía hasta que uno quedaba bien sentadito. Eran tan diligentes que si uno salía a comprar algo a la tienda, igualmente lo escoltaban para afuera y para adentro de nuevo.
Las salas de cine eran enormes y cada una tenía su particularidad. El Teatro Central donde mi abuela nos llevaba a ver las películas de Joselito y de Cantinflas tenía un balcón. No me acuerdo de jamás habernos sentado allí, pero tenía su gracia. Creo que los muchachos traviesos a veces tiraban cosas desde allí. El Bella Vista vendía el popcorn en unos conos enormes y divinos con una especie de papel encerado de colores. Yo no sé qué nos gustaba más, si el contenido calientito y recién explotado o pasear por la sala con un enorme cono amarillo o rosado encendido.
La tiendita del Teatro Lux quedaba a un lado y era como la barra de una cafetería. Vendían Sugar Daddy. Costaban veinticinco centavos pero duraban como tres películas. Y ya que estoy hablando de lo que comíamos en el cine, tengo que decirles que la compra estándar consistía generalmente de un popcorn y un rollo de salvavidas. Rogaba uno que el vecino no le pidiera compartir la golosina cuando venía la pastilla roja, que al igual que las cerezas del tutti frutti era la favorita, pero para llegar a ella había primero que pasar por una verde, una amarilla y una anaranjada.
Ya adolescentes era costumbre ir al cine a la tanda de 3:00 de la tarde para luego empatar con la misa de 5:30 en el Santuario. Cosa que yo nunca pude hacer, pues mi papá no nos daba permiso de ir al cine solos –es decir, sin mi mamá- pero a la misa sí llegábamos y antes de entrar siempre había un tiempito para ponerse al día.
Las salas de cine eran tan grandes que doblaban también como escenario para obras de teatro, ballets y desfiles de moda. ¡Qué nostalgia me ha dado!
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