Alrededor de 1997 —o un poquito antes—, cuando el Colegio de Las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús cumplía cincuenta años de fundado, se crea la Asociación de Exalumnas. Entre sus fundadoras estaba María Luisa Guadalupe Méndez Chiappetto. Nombre “artístico” Lupe o Lupita. Fue por aquellos días en que tuve mi primer contacto con ella pues, aunque fuimos al mismo colegio, ella se había graduado unos diez años antes que yo por lo que no tenía memoria viva de su existencia.
Sin embargo, Lupe era una fuerza arrolladora y cuando enarboló la bandera de la Asociación de Exalumnas del Colegio Las Esclavas reclutó almas a diestra y siniestra. Había que dar a conocer la asociación y sus obras, había que sumar.
Comparados con lo que ella logró, mis aportes fueron muy modestos. Un texto por aquí para una publicación, visitas al centro de Mañanitas para contar lo que hacían allí, visitas “al viejo colegio” que estaba por mudarse a la sede actual, igual para compartir memorias. Lupe encantaba porque su energía era tal que uno se contagiaba sin querer.
Pasa el tiempo y uno va perdiendo el contacto. Siempre sabía de sus andanzas, me dolió conocer de la enfermedad que no la detuvo y en medio de la pandemia recibí una llamada suya para un proyecto conjunto de AFEET/FIASEET, Asociaciones de ejecutivas ligadas a la industria del turismo en Panamá y las Américas. ¿Quién puede decirle que no a Lupe? Quedé automáticamente anotada y el proyecto de presentar lo que se sirve en la mesa navideña en Panamá salió adelante. En su desarrollo me beneficié conociendo mujeres magníficas que se mueven en dicho ámbito.
Sin embargo, la enfermedad de Lupe no dio tregua y, a pesar de su ánimo de lucha, le llegó el momento de partir. Quienes la quisimos mucho, la despedimos en una misa excepcionalmente bella el viernes 31 de julio de 2026. Allí, sus familiares, sus compañeras de colegio, sus amigos de la industria de la aviación, los amigos que, como yo, llegaron en un momento aleatorio a su vida y, por supuesto, sus compañeros de fe, de esa fe que le da a uno fuerzas para superar cualquier cosa y que seguramente la llevó a aceptar su destino con alegría.
Allí, en la Iglesia de Guadalupe se respiraba aire de paz, de gozo por una vida recorrida de la mano de Dios, de una despedida que sugería ausencia de olvido. Las huellas de Lupe fueron diferentes en cada persona que tocó, pero en todos dejó una huella perdurable, de esas que surgen cualquier martes en una conversación entre amigos; de esas que traen risas y una que otra lágrima intercalada, pero no lágrimas de tristeza sino de agradecimiento porque se hubiera cruzado en el propio camino.
Querida Lupe… en este corazón te he reservado un lugarcito y de allí puedes entrar y salir a tu antojo. Desde allí contaré una y otra vez como siempre accedí a tus planes, pues no me diste opción de negarme. ¡Gracias!
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