Hace unas semanas ocurrieron un par de eventos que quiero llamar memorables: me reuní con una amiga queridísima con quien tenía meses, si no años de no sentarme a conversar como solíamos hacer semanalmente durante varios años. Además, recomendó un libro que me apresuré a leer.
Ella es lectora empedernida y en su “catálogo” hay de todo. El libro en cuestión se llama Cambiar el agua a las flores, de Valerie Perrin. Es de fácil lectura, aunque es de aquellos textos que lo lleva a uno del pasado al presente sin previo aviso, así es que hay que estar atento.
Tiene epígrafes, muchos de esos que despiertan en el lector el deseo de anotarlos. Uno en particular me llamó la atención entre todos: “La oscuridad tiene que intensificarse para que aparezca la primera estrella”. Tan pronto como lo leí me transporté a nuestra finca donde, a falta de luz eléctrica, podemos disfrutar de unos cielos estrellados fuera de serie. No hay luz terrestre que compita con los astros. Cada vez que me siento a mirar hacia el cielo recuerdo también cuánto disfrutaba el manto de luciérnagas que aparecía en el jardín cada noche. Tanto las estrellas celestiales como las terrestres me parecen un regalo invaluable.
Pero más allá de los fenómenos físicos que se pueden relacionar con el epígrafe en cuestión, pienso en las oscuridades de la vida, en aquellos momentos en que sentimos que no se ve el camino y, si se viera, luciría lúgubre y aterrador. Estoy segura de que, a ustedes, mis lectores, les ha ocurrido. Estoy segura también de que se han sentido atrapados en aquel túnel de negatividad, pero… un peeero largo, es importante que jamás olvidemos que las estrellas no aparecen a plena luz. Y nos gustan las estrellas.
Yo lo veo como la batalla constante entre el optimismo y el pesimismo. Los primeros saben, lo tienen segurísimo, que la oscuridad será temporal, y que, cuando vuelvan a brillar las estrellas lucirán más bellas e intensas. Los pesimistas, por otra parte, caminan pregonando que la penumbra será eterna. Añorarán los cielos estrellados, pero no son capaces de entender que ya vendrán, que las oscuridades no son eternas.
Como dice mi amiga la madre Clemencia, “el kit del asunto” es que uno tiene que trabajar para despejar la oscuridad. No es tan sencillo como soplar y ya. No señor, el proyecto del optimismo requiere esfuerzo constante, pero las recompensas son enormes. Además, me permito añadir que es mucho más agradable la compañía de un optimista. Y, ojo, que el pesimismo es contagioso, si se quiere más que el propio el optimismo.
¿Qué hacemos frente a la oscuridad? Primero, visualizar, físicamente visualizar la aparición de la luz y luego diseñar un plan específico y detallado para llegar a ella. Quizás suene más fácil de lo que realmente es, pero pienso que vale la pena intentarlo. Solo hay que decidirse. ¿Qué piensan?
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
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