Estoy segura de que muchos de ustedes habrán escuchado el emotivo discurso de Antonio Banderas ante el Papa León XIV durante su reciente visita a España. Con su característica humildad, nos llevó de la mano a recorrer los días de su infancia en los que, junto a su madre, era testigo de la devoción de sus conciudadanos durante la celebración de fiestas religiosas. Las imágenes descritas me parecieron hermosas.

Como parte del mencionado discurso citó a San Agustín diciendo: “Decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo". Una frase para reflexionar por largo tiempo, especialmente en estos tiempos en los que solemos quejarnos de todo, pero no participamos en las soluciones a menos, claro está, que sean cómodas.

Vivimos, en cierta medida, en el tiempo de los egoístas, basta mirar alrededor para confirmar que pocos son los que se salen de su camino para contribuir al bienestar de otros. ¡Ojo! Que no excluyo a toda la humanidad, solo digo que los altruistas van en descenso.

Parece mentira que un personaje que pasó por este mundo hace más de mil quinientos años tuviera tan claras las respuestas que nos ayudarían a lograr una sociedad mejor y que hoy en día, con tanto conocimiento y tanta tecnología, vivamos estancados en el yo. Pero no en el yo de ser mejores para que los tiempos sean mejores sino en el otro, en el que busca la satisfacción personal, ante todo. Eso me entristece.

Por otro lado, me alegró sobremanera ser testigo de la multitudinaria bienvenida que recibió el Papa durante la citada visita a España. Hay esperanza; esperanza de que la humanidad siga buscando a Dios en su vida. Esperanza de que aprendamos a separar a ese Dios de las faltas humanas que tanto se han recalcado en los últimos años y que, por ser ciertas, deben ser atendidas. Nadie debe ser objeto ni sujeto de abuso.

Sin embargo, lo cierto es que cada persona que se sume a “los buenos” contribuye grandemente a una sociedad mejor, a un mundo mejor, más justo en el que sea posible vivir en paz. Y aquí llegamos a otro concepto que cada día se hace más escurridizo, más elusivo, más lejano: la paz que hace mucho dejó de reinar a lo largo de nuestro pequeño planeta. Las guerras estallan aquí y allá. Los que no mueren víctimas de las armas, fallecen por el hambre, por los rigores de la naturaleza al perder sus viviendas, de tristeza al perder sus hogares y familias.

Nunca ha traído nada bueno la guerra y los humanos insistimos en resolver los conflictos “a las malas”. Vivimos lección tras lección y no aprendemos nada de ellas. Cómo duele que los líderes mundiales sobrepongan su ego al bienestar de la humanidad. Cómo duele que todavía queden personas con poder convencidas de que la violencia es el mejor camino. Cómo duele que no sepamos mirar al hermano a los ojos y buscar un punto de encuentro en el que se respeten las creencias, las culturas y la vida. ¡Cómo duele!

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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