La hermana que nació once meses después que yo se llama Carmen Cecilia. Un nombre muy bonito, compuesto por el de mi madre, Carmen, y Cecilia, que podría ser por una tía o sencillamente porque a mi mamá le gustaba, nunca le he preguntado. Dada la cercanía de nuestras edades se aplicaban las costumbres de la época en cuanto a dormir juntas en el mismo cuarto, vestirnos con ropas similares, a veces de distinto color, pero iguales al fin, matricularnos en la misma escuela y llevarnos juntas a los mismos eventos.
Romántico suena, no lo niego, pero al ser tan diferentes como somos, no siempre estábamos de acuerdo con la logística de la hermandad de mediados de los años cincuenta. Y es que somos diferentes en todo, absolutamente en todo. Ella es la madre del orden y yo la tía del desorden; a ella le gustaba estudiar de día y a mí de noche; a mí me gustaba salir con amigos y a ella no tanto. Se podrán imaginar que la vida discurría en un tira y jala constante.
Pero las desigualdades no duran para siempre, especialmente cuando uno se ve obligado a enfrentar la vida independientemente de los padres, que fue lo que ocurrió cuando nos mandaron a estudiar internas a un colegio en California, Estados Unidos. Allí, las únicas reglas eran las que imponían las religiosas que manejaban el colegio —las Hermanas de la Providencia— y, cumplidas estas, teníamos libertad para escoger el rumbo de nuestras vidas.
Fue en ese justo momento, cuando no era obligatorio andar juntas, que descubrimos la magia de tener una hermana. Nos empezamos a “caer bien”. No digo con esto que siempre estábamos de acuerdo en todo porque eso sería imposible, pero a falta de imposiciones la vida fluía mucho más cómoda, emocionalmente, quiero decir.
Para el año siguiente, cuando yo me fui a Indiana a la universidad, habíamos entrado en el modo de hacer planes juntas para los días libres y, aunque esto implicaba generalmente un viajecito, aprovechamos al máximo las oportunidades. La vida nos ha llevado por caminos distintos un montón de veces, porque así son las cosas, pero esas separaciones han logrado afianzar cada vez más nuestra relación y cariño de hermanas.
Criar a nuestros hijos de forma bastante simultánea promovía consultas frecuentes acerca de cómo manejar esto o aquello, de qué hacer en una u otra situación de crisis y, a la par, nuestros hijos tenían varias mamás.
Hoy, exactamente hoy, 28 de agosto, ella cumple setenta años, siempre me anda pisando los talones y hay momentos en los que tenemos la misma edad; sin embargo, eso ya no es importante pues lo que cuenta es que sabemos que siempre, siempre, siempre podemos contar la una con la otra y que la distancia no se marca ni en millas ni en espacios porque nuestros corazones siempre están juntos. ¡Feliz cumpleaños, hermana! No creo que nos queden otros setenta disponibles para arar los caminos de esta tierra, pero, sea uno o veinte, lo que cuenta es que el abrazo es para siempre.
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