Mañana, 2 de mayo, cumple cien “añitos” el querido tío Víctor José Fábrega Velarde. ¿Recuerdan que hace dos años, cuando cumplió 98 los amenacé con la posibilidad de que llegara a los 100 vivito, coleando y celebrando? Pues bien, se cumple el pronóstico.
El tío Víctor ha sido una presencia constante en mi familia, porque es como familia. Entre los primeros artículos que publiqué en esta columna, por allá por el año 1995, estaba uno titulado “Que sueñen con los angelitos” y trataba de los “cuentos para dormir” que mi papá, sentado al borde de una de nuestras camas, compartía por enésima vez con nosotros. Enésima vez porque solíamos solicitar su repetición una y otra vez.
No eran cuentos de hadas, ni poesías famosas ni nada por el estilo: eran cuentos de cacería y en todos estaba presente “Víctor José”, su amigo, compadre y compañero de aventuras. Así pues, en aquellas noches que caminaban semiperdidos bajo terribles aguaceros escurriendo agua de sus camisas sucias y réquetesudadas para no morir de sed, estaba Víctor José, se salvaron uno a otro de picadas de culebras venenosísimas, escaparon de hundirse en medio mar… adivinaron… con Víctor José. Juntos en su primer trabajo como ingenieros en el proyecto del Hotel Panamá Hilton bajo la férrea dirección del Ing. Paul Kowalchik, juntos tratando de pescar, muy a pesar de los arrebatos de mi papá, juntos llevando a sus familias a esquiar al lago Madden, hoy Alajuela. Juntos, juntos, juntos.
Aun cuando su carrera se llevó lejos al tío Víctor mantuvieron la comunicación a pesar de que una llamada implicaba muchos dólares por minuto y un proceso tedioso de poner llamada y esperar comunicación de vuelta por parte de una operadora.
Y antes de que el Gran Combo de Puerto Rico hiciera famosa su canción “Un Verano en Nueva York”, a solicitud de mi papá el tío Víctor nos consiguió una casa para alquilar en New Rochelle, cerca de White Plains donde él vivía y nuestra familia fue a pasar allá uno de los veranos (invierno en el destino) más memorables de nuestro compendio de historias. Nos llevó a deslizarnos en toboganes por las colinas de campos de golf, nos indicó dónde vendían la mejor pizza del vecindario, cómo viajar en tren a Manhattan y a mi hermano Eduardo a recitar la copla del “chocolate caliente, dulce sustento qué haces afuera, pasa pa´dentro”.
La vida generosa nos ha prestado al tío Víctor con sus anécdotas, chistes y recuerdos imborrables por cien años y, como las aventuras nunca terminan con él, cuando finalmente terminamos nuestra casa en la finca, allá donde el viento da la vuelta —literalmente— él, encabezando al Club del Happy Hour fue nuestro primer invitado.
El tío Víctor es buen cuentacuentos, como lo era mi papá. Te lleva de la mano a ese lugar que quiere que visites y recuerdes. Sabemos que algún día irá a caminar por otros lares, es la ley de la vida, pero no tiene apuro, todavía le falta un viernes y otro más para compartir sus legendarios Happy Hours. ¡Feliz cumpleaños tío Víctor!
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
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