Todos recordarán los días de colegio en que tan pronto sonaba el timbre del recreo salíamos del salón en estampida a ponernos en la fila de la “cosita”. Había quienes se distinguían siempre por su agilidad para ocupar los primeros lugares y luego, estábamos el resto. A esos dos grupos habría que sumar a las coladas —en mi caso en femenino pues fui a escuela de puras mujeres— que las había de todo tipo.
Por supuesto, las más odiadas eran las que simplemente llegaban y se metían diez lugares más adelante de lo que le hubiera tocado a punta de codazos y empujones. Otras menos violentas se acercaban a alguna amiga que estaba más avanzada en la fila, le daban dinero y la lista de compras. Había quienes aceptaban “el mandado” y quienes se rehusaban a complicarse la vida con pedidos ajenos. Bien o mal, así eran las cosas, pero uno podría decir que éramos niñas y la colada era sin malicia. No estoy segura, pero lo dejo allí.
Lo que no entiendo es por qué los adultos con madurez y uso de razón insisten igualmente en colarse en la fila. Me causa gracia pues por alguna razón piensan que el resto del universo no se da cuenta de su acción cuando es, a todas luces, obvio. El evento favorito para colarse, creo yo, son los funerales aquellos en que la fila para dar el pésame llega a Costa Rica. Y, entiendo perfectamente que si va una pareja y el marido fue a estacionar el carro, al encontrar estacionamiento pueda arrimarse a su esposa que está guardando puesto en la fila. Normal.
Hace poco me tocó vivir una muestra de este “juega vivo” que alcanza a todos los niveles de la sociedad. Critico con derecho porque yo no me cuelo en las filas, nunca jamás. En el funeral multitudinario más reciente que recuerdo llegué y la fila estaba larga. Mientras caminaba al final me encontré con un sobrino que me invitó muy amablemente a esperar junto a él a lo cual respondí: “gracias mil” y el concluyó “no te cuelas”. Asentí.
Ya en la espera, vi un grupo de jovencitas realizar la maniobra de colado varios puestos más adelante y, aunque me pareció que ya eran más adultas que jóvenes inmaduras, decidí darles el beneficio de la duda. Sin embargo, cuando vi llegar a un “doño” ensacado que observó el largo de la fila con gran preocupación lo seguí con la mirada. Se le veía en la cara que se iba a colar, como en efecto hizo.
Este aplicó la maniobra “le voy a comentar a un amigo sobre un evento reciente”. Luego de analizar las posibilidades se acercó a saludar a otro “doño” que estaba como cinco o seis lugares más adelante que yo. Ojo, detrás de mí ya había entre veinte y treinta personas. Apretón de manos, espaldarazo, lo usual. Inicia la conversación sobre alguna reunión de algún gremio de algún tema que hizo sonar importante. Siguió con “qué calor y cómo está tu esposa”. Colado oficial. Ejecutivo, ensacado y colado. ¡Así es Panamá! No me cae bien.
Aclaración de última hora: la fila para el Cepanim estaba larguísima para la hora que me asignaron. Muchos adultos mayores. Ninguno se coló. ¡Bravo!
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
* Suscríbete aquí al newsletter de tu revista Ellas y recíbelo todos los viernes.

