Hay ciertas cosas que, solo por ser lo que son, lo transportan a uno a otros tiempos. Por ejemplo, el otro día estaba revisando unas cajas y encontré un estuche de cuero tamaño “foto de billetera”, con decenas de caras de mis amigas de secundaria. Fotos que se tomaban para el anuario o similares, todas debida y cariñosamente autografiadas por la dueña del rostro.
Aquel era un intercambio indispensable en la vida de una chica adolescente. Se recibía una hoja, o en algunos casos varias, dependiendo del paquete, con cuatro copias que uno debía recortar. A veces, para hacer rendir el dinero en lugar de pedirlas “tamaño wallet”, que era como comúnmente se llamaban, se podían ordenar en un tamaño más pequeño y así cabían quizás ocho o más fotos en la página.
No faltaba la del novio o pretendiente del momento y, aunque lo que yo encontré fue la carterita creada exclusivamente para fotos, cómo olvidar que las billeteras eran literalmente multipropósito. Además del espacio para los billetes y aquel dedicado a las monedas en metálico, tenían una pequeña sección con tres o cuatro bolsillos transparentes para fotos y, más adelante, cuando las mujeres empezamos a pagar cuentas, el espacio para la chequera y el “librito”. Se podrán imaginar cuánto llegaron a crecer.
Yo me aficioné a esas billeteras-archivo por un tiempo, pero no lograron mantener mi atención por muchos años, pues aquello se inflaba como un tamboril muy rápido. Ahora veo que los jóvenes ni billetera llevan consigo porque tampoco suelen tener dinero en efectivo. Para ellos no hay nada que un tarjetazo o un Yappy no pueda resolver. Ya hasta el raspao se paga sin plata. Para salir se arman con su celular y eso es todo. Y como funcionan con otro chip distinto al de nosotros, la gente del siglo pasado, no les mortifica en lo más mínimo quedarse sin batería. A mí eso me quita el sueño.
De hecho, me he vuelto insoportable con las billeteras, razón por la cual repito con frecuencia: “jamás me regalen un wallet”. Perdón por el espanglish, pero hay palabras que a uno se le grabaron así. Prefiero llevar las tarjetas obligatorias en un pequeño estuche de esos imposibles de engordar, que pueda llevar en un carterón o una cangurera y ya. Además del tamaño y forma, también soy necia con el color, con el material, con todo. Y no es porque las quiero caras, ese no es el punto. Las que tengo cuestan tres reales, pero funcionan para mi estilo de vida y eso es lo que cuenta.
No niego que, al encontrarme el estuchito, me dio un poco de nostalgia y, a la vez, una gran alegría porque, ¿a quién no le gusta descubrir que luego de transcurridos más de cincuenta años, muchos de esos personajes siguen siendo parte de nuestra vida y el cariño se mantiene vigente, tal como manifiestan las dedicatorias? Además, recordé que para una amiga/hermana queridísima yo era “la amiga regañona”. Durante el próximo encuentro le preguntaré por qué la regañaba, porque se me ha olvidado.
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