deldiariodemama15ene 1024x683 - La perfección de lo imperfectoEn general, mi esposo y yo tenemos gustos diferentes en lo que a películas se refiere y por eso hay ratos en que “nos divorciamos” y cada uno se sienta frente a un aparato distinto. Ocasionalmente, uno de los dos se resigna a ver lo que el otro ha escogido. Así, el otro día escogí yo la película, pero en un momento dado me puse a buscar algo en el celular. Un poco como cuando regresábamos del cine y mi mamá nos ponía a buscar en la Enciclopedia Británica cualquier duda que hubiese quedado en el ambiente.

Automáticamente me dijo “no estás poniendo atención”. Yo contesté “claro que sí”. Ese comentario me recordó los disgustos que se llevaba mi papá cuando me encontraba estudiando con la radio y la televisión encendidas simultáneamente. Y, ya que estaba en rebeldía, me vi en aquellas noches en que mi vida discurría de “baile en baile” (típico) porque el trabajo de mi marido así lo requería. Y, allí, entre los acordeones, los violines, el galillo de algunos cantantes, el calor, los gritos de los asistentes y la incesante arenga del locutor yo viajaba a otra dimensión en la cual podía observar con detenimiento lo que ocurría a mi alrededor con una especie de visión de 360°. Una servilleta y un bolígrafo prestado me permitían retener desde los olores hasta el caminar inestable de algunos. Era magia pura. Ya saben como es, no me han dado olfato ni oído para cantar, pero sí ojos para ver, mirar, observar.

Lo que me lleva al 3 de enero de este recién estrenado año. Estábamos mi esposo y yo escuchando misa por televisión y me llamó la atención que, a los lados del altar, había dos pinos. Sencillos sin adornos, opuestos completamente en su apariencia a los que acostumbramos a ver en los últimos años. No eran perfectos, no habían sido podados a lo largo de su existencia. Muchas de sus ramas superiores eran más largas que las de abajo y todas disparejas; las puntas como lápices pelados mirando hacia arriba. Quedé extasiada. Se parecían más a los que conocí en mi infancia, aquellos que correteábamos por los parques de la ciudad, luchado por encontrar uno que tuviera “menos huecos” o que éstos se pudieran “poner hacia atrás”. Eran perfectamente imperfectos y me parecieron di-vi-nos.

Ya íbamos por el Credo y yo seguía admirando los dichosos árboles. Con la vista fija en ellos visitaron mi mente montones de las divinas imperfecciones que hay en el mundo. Pensé en las personas con discapacidades, de quienes tanto aprendemos, y en las casitas de quincha de nuestra campiña y en las flores silvestres que crecen como les da la gana y no se dejan domesticar por nada ni por nadie. Pensé en el señor de la nariz grande que cuenta los mejores chistes del mundo y en la madre/abuela de las manos ásperas de tanto pilar arroz. Pensé en la familia que tanto quiero y que llena espacios vitales con sus fallas, que son muchas, y también en mis amigos y en la gente que no conozco, pero que forma de mi vida.

Y seguía rezando, porque no es que le perdí el hilo a la misa, mientras frente a mis ojos seguía el desfile de todas las cosas imperfectas que amo y que, cada una a su manera, lucha por ser mejor. Porque de eso se trata: de aspirar a ser mejor sin despreciar lo que somos.