La primera vez que escuché ese término seguramente habría sido en algún restaurante en Estados Unidos y garantizo que no supe a qué se refería. Mi familia no era de “salir a comer a la calle” y creo que a principios de los sesenta cuando empecé a tener uso de razón, la oferta local era escasa. Pero bueno, algún día supe que surf and turf significaba mar y tierra, es decir, te sirven un pescado o marisco junto a un pedazo de carne.

Bien, hoy, en realidad, no voy a hablar de comida sino por qué le puse este título al artículo que voy escribiendo. Quienes me han seguido por algún tiempo saben que el gran amor de mi papá era el mar. Mmm… ¿el agua? Porque durante años también pasamos domingos en Lago Madden, hoy Alajuela; ¿correr lanchas? Que, a fin de cuentas, resultó ser la afición detrás de todos esos paseos.

Por otro lado, mi mamá era la tierra, el campo, las raíces que la llamaban a llevarnos a descubrir de dónde veníamos y aprender a querer el terruño. Con ella, las aventuras veraniegas ocurrían en fincas y casas de campo, en las que se nos dejaba vagar libremente a pie, a caballo o en bicicleta y gracias a esas libertades descubrimos no solo bichos, sino amistades.

Debo anotar que, si bien con mi papá era el agua lo que mandaba, no dejaba de lado las cacerías que, muchos domingos, trajeron a casa suficientes aves y otros animales para llenar el congelador de la casa y alimentar a la tropa, además de darnos oficio.

Puedo afirmar que, recorriendo las vivencias de aquellos días que mis hermanos y yo compartimos bajo el techo de mis padres, que terminamos siendo una familia “mar y tierra”. Aunque hay algunos que se inclinan más por el mar y otros más por la tierra, uno no excluye al otro y si algún día tengo que bajar de la montaña para anotarme en una aventura acuática lo hago feliz.

Otro rasgo que diferenciaba las aventuras de padre y madre era que mi papá era, en esencia, un profesor que gustaba de explicarnos con lujo de detalles qué era y cómo funcionaba tal o cual cosa. Nunca olvidaré el día que nos llevó a visitar el proyecto más reciente que construía y que consistía en uno de los primeros condominios, si no el primero, de la ciudad y nos dijo categóricamente: “fíjense en este edificio quienes compren apartamentos serán dueños únicamente de las paredes pues el piso es el techo del vecino de abajo y el techo es el piso del vecino de arriba”.

Mi mamá, por su parte, nos mandaba a investigar, ya fuera mirando, observando y tocando todo lo que encontrábamos al alcance o… remitiéndonos a la enciclopedia —Britannica, en nuestro caso— a enterarnos del cuento completo.

Debo aceptar que fue una buena combinación educativa pues, por un lado, aprendimos a escuchar y por otro, a buscar.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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