30 jul diario de mama900 1024x1024 - ¡La dejé!Llevo casi 20 años con mi computadora portátil pegada a la cadera como un implante. No me muevo sin ella a ningún lado. ¡A NINGÚN LADO! No siempre fue así. Inicialmente venía conmigo cuando los viajes eran al extranjero y aún cuando las conexiones no eran tan fáciles ni expeditas como las de ahora, el tenerla me permitía -aunque fuera pagando “millones” de dólares para mandar artículos a tiempo-, completar proyectitos que tenía andando e incluso (como me ocurrió en el peregrinaje a Santiago) descubrir que había sido una idiota y que el aparato debía ser empaquetado y enviado a un destino en el que pudiera recogerlo al terminar de caminar. Tonterías que uno hace.

Consejo aparte: nunca calcule sus pesos al principio del día cuando está lleno de energías y si lo hace multiplíquelos por tres antes de empacar su mochila.
Analizando la situación debo concluir que había desarrollado una dependencia emocional del aparato. El solo saber que podía conectarme y resolver fácilmente cualquier inconveniente me daba tranquilidad. Eso, como se podrán imaginar, es relativamente bueno (lo de resolver) y relativamente malo. Malo, porque uno nunca logra desconectarse completamente del entorno laboral y entonces el asunto de las vacaciones es puro cuento chino. Además, al principio de los tiempos yo solía trabajar en mi computadora “grande”. Ya saben, la que está en el escritorio con un teclado como Dios manda y una pantalla en la que se puede ver lo que uno está haciendo, así es que antes de viajar me tocaba grabar en la viajera lo que yo pensaba que iba a necesitar. Ya sé… muy ineficiente, pero qué les puedo decir.

Estoy escribiendo este artículo porque quiero que “quede en acta” y así recordar para toda la eternidad el día que me atreví a viajar y dejarla en casa. ¿Qué tal? Y no solo una, sino dos veces seguiditas. Esto ha ocurrido exactamente el día 15 de julio de 2021.

Con la mitad de la tropa de visitantes nos fuimos a El Valle de Antón y como el día antes se había cerrado el proyecto en el que trabajaba, es decir, se había dado por terminado, me atreví a a dejarla en casa. Y no crean que fue una decisión fácil, no señor, lo pensé por largo tiempo y estuve a punto de tomar la mochila donde viaja y echármela al hombro, pero me aguanté.

Fui absolutamente feliz los tres días que estuvimos en El Valle, tanto así que el lunes 19, también de julio, cuando levamos anclas rumbo a Palenque, Colón, un sitio que visitaba por primera vez en mi vida, hice lo mismo. Y, entonces, fui doblemente feliz. Me remojé en ese mar Caribe sin preocupación alguna hasta que se me pusieron las manos viejitas como cuando era niña; jugué con mis nietos, miré para el techo, cociné un poco, pero no mucho pues casi todo lo había cocinado antes de partir, en fin, me fui sin el implante y no me hizo falta para nada.

No les puedo garantizar que este detox tenga resultados permanentes, pero fue bueno mientras duró y espero que sea una experiencia que pueda repetir. Mmm… ¿a quién engaño? En verdad, lo dudo.