26febdiarioma00 - La buena suerte de Alicia
¿Quién no puede imaginarse algo totalmente irreal y ponerlo en papel?

Así fue surgiendo el País de las Maravillas / poco a poco; y una a una / el cincelado de sus extrañas peripecias… / Y ahora que el relato toca a su fin, / también el timón nos guía de vuelta al hogar; / alegre tripulación, bajo el sol que se pone”. Surcando la tarde dorada. Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.

Es gracioso, e incluso irónico que al leer un cuento para niños la sensación inicial que nos embarga es que es un texto fácil de escribir.¿Quién no puede imaginarse algo totalmente irreal y ponerlo en papel? A fin de cuentas “las mentiras” son más sencillas de inventar que la verdad ¿O no? Quien sabe… la verdad no se inventa, sencillamente es. Y, muchas veces, nos cae gorda.

Pero no vamos hoy a elucubrar sobre la honestidad al hablar, y otros detalles, sino sobre la maravilla que resultan ser los cuentos, tal y como aparece en el título de aquel tan conocido, que muchos hemos disfrutado en la niñez, y seguimos disfrutando aun de adultos porque se nos hace imposible dejarle de buscar la “quinta pata al conejo”. Y todo gracias a un paseíto en bote por un río de Inglaterra con tres niñas inquietas con tendencia al aburrimiento. Y así, como por arte de magia, Alicia, una de las niñas, llega al país de las maravillas y con cada minuto que pasa descubre algo nuevo.

La historia recuerda al país de Oz, aquel que, igual que Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, nace de los cuentos que un padre inventaba para sus hijos. ¿Y saben que hay quienes afirman que OZ viene de las letras que Baum vio en una de las gavetas de su archivador? ¡Qué va! Dudo que muchos de ustedes hayan tan siquiera visto un archivador en el transcurso de sus vidas. Pero no hagamos enredo con esos detalles hoy. Ni siquiera podemos afirmar que es cien por ciento cierto o solo una leyenda urbana, aunque reconozco que suena muy divertido.

El caso es que con archivador o sin él, con río o sin él, con sultán que disponga de una esposa cada noche o no, los cuentos encienden en la mente esa maravillosa chispa llamada imaginación. ¿Y qué sería de este mundo sin la imaginación? Pues, seguramente un espacio sin automóviles, sin aviones, sin medicamentos, sin teléfono y sin televisión y ¿sin internet? Porque, a fin de cuentas, todas las realidades actuales nacieron en la loca imaginación de alguien. Imaginación que, como vemos, no pasa de moda pues hay historias famosas que llevan más de cien años en el “top ten” de la literatura infantil. ¿Será realmente infantil esa literatura?

Claro que no. Y he allí la magia. Surge un texto, disfrazado de cuento para niños, y al hurgar un poquito se despliega un enorme contenido filosófico/político/social que recuerda a los pañuelos infinitos que los magos sacan del puño cerrado como parte de sus asombrosos actos.

A través del tiempo he desarrollado una costumbre que me ha resultado muy divertida: antes de leerle un cuento a cualquier niño, lo leo yo. ¿Saben por qué? Pues porque se me llena la cabeza de magia y cuando me siento a compartirlo (confieso) a veces le quito y le pongo detalles que pienso que harán que mi público viaje también a un mundo mágico. Y así, entre voces que suben y bajan de volumen, ojos que se abren o se cierran ante los eventos que se despliegan; aclaraciones que quizás no vienen al caso, pero, a lo mejor sí… todos podemos compartir la suerte de Alicia y viajar a nuestro propio ´país de las maravillas´.