Llevo días con un documento en blanco en mi computadora. Le he puesto más de diez títulos, tantos como frases que he utilizado para empezarlo que no han llegado más allá de la segunda línea. Mi corazón me dice que tengo mucho que decir sobre Irma Arias de Fábrega, pero mi cabeza no sabe cómo hacerlo. Y, creo que no sabe, porque es tanto y tan profundo que todas las palabras que conozco se quedan cortas. Son solo palabras e Irma fue mucho más que eso: fue una luz que no se apagará jamás, fue…

¿Cómo describir un alma que jamás se dejó aprisionar por un cuerpo? Que desafió una y otra vez los pronósticos médicos porque tenía una misión —o muchas— que cumplir, mucho amor que regalar y hermosos caminos de esperanza que trazar a su paso, y todo esto sin dejar de ser el ser humano que siempre fue. Sin alaracas, sin bombos ni platillos, solo caminando como madre, esposa, hija, hermana y amiga, pero caminando con los ojos abiertos para el dolor ajeno y el corazón presto a compartir. Su generosidad no tuvo límites, ni los sueños que inspiró.

Supo convertir pequeños detalles en huellas indelebles, conoció el poder de una sonrisa, de un abrazo y de una palabra de aliento en el momento preciso. Supo vivir con su enfermedad por veinte años ¡VIVIENDO! Repaso este texto y me choca que lo he escrito en pasado pues sé que Irma no fue, es; no partió, está con cada una de las personas que tocó; no caminó, sigue acompañando a quienes ven en ella un ejemplo magnífico.

¿Cómo hacer justicia a un ser como Irma en quinientas palabras? Pienso que es imposible, pero a ella no le gustaría que usara la palabra que temprano borró de su diccionario. Su vida fue una cadena de metas cumplidas, algunas pequeñas, casi insignificantes dentro del gran espectro de la vida, pero todas importantes para ella y su familia. Esas metas cumplidas son hoy ejemplo para los que seguimos dando vueltas por el mundo, son la luz que no se apaga, son la fortaleza que surge ante la adversidad, la sonrisa que corona el triunfo.

La veo con frecuencia ante mí, siempre bella, con la belleza que proyectan las almas buenas, con el ímpetu de las guerreras que no claudican, con el entusiasmo de quienes encuentran algo que disfrutar en cada recodo del camino: Irma siendo Irma, siempre Irma, un destello que no se extingue.

Su partida nos ha dolido, su ausencia deja un vacío importante en muchas vidas, sin embargo, estoy convencida de que no perdurará. Ella vendrá, como siempre venía, con su llamado a la esperanza, a dejarnos saber que la vida sigue y que nos corresponde vivirla a plenitud. Vendrá a recordarnos que cada mañana es un regalo, que cada abrazo es un tesoro, que cada dificultad es una oportunidad y que tenemos un legado que construir.

Aquí quedas Irma, presente: más allá del adiós.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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