13 agos diariomama1000 1024x683 - IndecisiónEntre los… no sé… ¿cuatro? y dieciocho años tuve el pelo largo. Larguísimo realmente. Eran los días esos de los hippies y de los cordones de cuero en la frente y del caracol (aka tubi-tubi) porque las melenas tenían que ser cholas, cholas. Quizás, porque uno era joven y nada importaba, ni siquiera calor se sentía en esta tierra tropical que apodamos Panamá.

Pero pasan los años y uno cambia de opinión y, supongo yo, que eso de graduarse de secundaria posaba una encrucijada vital que requería de cambios drásticos y fue así como el día después de recibir mi diploma fui y me corté el pelo cortito, cortito. No les repito el cuento, pues ya lo he compartido en otras ocasiones y en realidad no viene al caso, excepto, quizás porque a diferencia del título de esta pieza, ese día yo no tuve indecisión alguna. Sabía exactamente lo que quería, fui y lo conseguí.

Ustedes saben también que soy enemiga de los salones de belleza por aquello de que los olores me dan alergia y una vez que mi nariz se activa es un lío apagarla. Por esta razón el patrón era visitarlos más o menos una vez cada cuatro o cinco meses y solo el tiempo suficiente para un corte y salir volada.

Pero como Dios es bueno para todo, hasta para las cosas inútiles, un día el peluquero a quien visitaba ocasionalmente y siempre de apuro cuando amanecía con el feo alborotado cambió su metodología y empezó a visitar a sus clientes en casa. Eso me hizo súper feliz puesto que a partir de ese momento no tenía que luchar contra los sprays de cabello ni los aromas de los tintes ni ninguna de las otras cosas que viven flotando en los ambientes salonesbelleciles.

Y entonces, cuando estaba yo en la cima de la felicidad, llega la dichosa pandemia y nos aleja de todas nuestras rutinas. Se imaginan que, si no salimos, mucho menos entra alguien, que por asuntos laborales, debe peregrinar entre casas. Y así, entre un clóset que arreglé y otro que me está esperando, entre un libro que leí y otro que sigue a la mitad, entre una restregada del piso de la cocina y sábados de Cooking With Bita, el pelo fue creciendo. Y aunque no ha llegado a estar como el de Rapunzel, corto no está.

Se imaginan que esto trajo a mi vida una confusión total. Llevaba por lo menos diez años de no peinarme, literalmente. Blower ¿qué es eso y cómo se come? ¿Cepillos… dónde andan? ¡Manos a la cabeza, carita de susto! ¿Y, ahora qué achemo? ¡Cola de caballo! Siempre resuelve. Pero, no tengo ligas. Afortunadamente ese era un pequeñísimo problema que podía resolverse con un deliribi.

Ahora, estoy frente a la indecisión una que, honestamente, me parece muy fútil de qué hacer con esta cabellera. Amanezco cada día como la Cucarachita Mandinga analizando las opciones. Ya sé, ya sé, no son ni muchas ni muy complicadas, pero como tengo tantos años de no ocuparme de este tema, la cabeza se me ha hecho un macarrón.

Además, para que se rían, les voy a contar algo. Mi marido lleva como treinta años diciéndome que por qué no me dejo crecer el pelo. ¡Ajá! Esa suele ser una cantaleta masculina. Yo lo ignoro porque, honestamente, la apariencia personal es para complacerse a uno mismo y no al resto del mundo. Entonces, ahora que tengo el pelo largo relativamente, porque no tiene todavía largo hippie, amanece un día diciendo “me gustaba más tu pelo corto”. ¡Plop! ‘Vamo a dejálo ahí’.