A finales del siglo XX, los jóvenes -que ya no lo somos tanto- conocimos de un gran fotógrafo llamado Endara, gracias a la publicación metódica de muchas de sus fotos por algunos medios impresos locales y al rescate de su material por mecenas locales. Gracias a su arte, el estilo de vida y los núcleos familiares de principios del siglo pasado empezaron a formar parte de nuestra vida.
A Endara lo conocimos de segunda mano, pero hubo un gran fotógrafo en el siglo XX que recogió a través de su lente las caras de la segunda mitad del siglo y a muchos nos tocó pasar por su estudio fotográfico: René Wolf, a quien recientemente despedimos. René era un personaje muy particular, y un primer encuentro no necesariamente resultaba en admiración absoluta. Tenía una forma única de hablar, casi sin abrir la boca, mas modulando perfectamente cada palabra. Jamás subía la voz.
Así, mirando detenidamente al sujeto, acomodando con toque ligero su posición para retratar solo “su mejor lado”, sin mencionar jamás que había otro, alejándose un poco y volviendo a mirar mientras agarraba con una mano la pipa que por años mantuvo en la boca, llegaba a ese encuadre perfecto del sujeto. A este se dirigía siempre como belleza, guapo, niña linda, quién sabe, los adjetivos exactos se me escapan, pero siempre eran muchos.
Su trabajo de los negativos era excepcional y el terminado de sus fotos las ha hecho durar para toda la vida. Hay quienes tienen fotos de René de hace cuatro o cinco décadas y cualquiera diría que se produjeron ayer. Hay un reclamo que debo hacer a este caballero y lo dejaré aquí por escrito, aunque no sé si allá donde va la gente buena leen periódico:
Un par de años antes de retirarse de la profesión, que fue hace exactamente 15 minutos y ya entrado en los 90 años, destruyó sus archivos. ¿Cómo así?, le pregunté un día que me senté a conversar con él por un buen par de horas, y lo pregunté más entre signos de admiración que con interrogantes.
“Pues porque ya estoy viejo y me voy a morir y eso no puede quedar por ahí. Son personas”, concluyó. “Yo puse un anuncio en el periódico para que quien quisiera venir a retirar sus negativos lo hiciera”. Yo no lo vi. Me dieron ganas de llorar.
Ese día, uno de los últimos que tuvo en su estudio de calle 50, el cual ya estaba reducido a su mínima expresión, entré a hacer una cita para una de mis nietas – la afortunada que llegará a vieja con fotos de René– y le pregunté si podía pasar a conversar con él cualquier día para que me contara la historia de su vida. Me la resumió en ese instante, y yo sin grabadora ni papel ni nada para registrarla.
Un rato que me pareció corto, pero luego descubrí que había sido medianamente largo, me llevó de la mano a su Austria nativa y luego a Nueva York, a Colón, a la avenida Central, y por último llegamos a esos últimos días de su vida profesional en la misma calle 50, que había sido su hogar por más de 40 años y donde lo conocí por primera vez.
Creo que como muchos fotógrafos, René era un poco psicólogo, pues con solo observar cómo se colocaba la gente en una foto y la distancia que quedaba entre los personajes, sabía de las relaciones entre los miembros del grupo. Así era.
Hace poco nos dejó. Se despidió sin alborotos, igual que recorrió la vida. No era mi mejor amigo, ni puedo decir que conocí las intimidades de su vida, pero fue uno de los grandes fotógrafos del siglo XX, y se le va a extrañar.

