Ya la gente escribe poco. Para los medios electrónicos, que se han convertido en nuestra principal vía de comunicación, se han inventado toda clase de abreviaturas, que por sí solas, constituyen un idioma aparte. Sumemos a eso que ni siquiera en taquigrafía hay que escribir pues los mensajes se pueden grabar y listo.

No mato por los mensajes de voz pues resulta imposible escucharlos en una reunión, por ejemplo. Aunque tampoco es de buena educación ponerse a leer mensajes de texto mientras alguien desarrolla su presentación en la cual, seguramente, trabajó mucho. Pero, seamos honestos, sucede. Ocasionalmente, el mensaje puede ser tan urgente que requiera atención inmediata, pero olvidemos esas malacrianzas porque no es el tema de hoy.

Se me ocurre que en cada uno de los mensajes que leo hoy en día puedo entrever la personalidad de quien escribe, o más bien el tono que pretende darle a sus palabras. Hay quienes solo saben escribir en mayúscula cerrada y entre signos de admiración. Confesión: me gustan los signos de admiración, mas no la mayúscula cerrada, porque me da la impresión de que me están gritando, mientras que los primeros, como su nombre lo indica, casi siempre me provocan una emoción positiva.

Con frecuencia me encuentro también quienes escriben de forma ´mangaja´, es decir, cero mayúsculas, cero tildes, cero comas, palabras a las que les faltan letras y otras con letras de más. Culpemos al corrector del teléfono —personaje a quien detesto y trato de mantener al margen—, pero seamos realistas: no siempre es el responsable. Yo paso trabajo escribiendo en el celular porque tengo los dedos muy grandes y los espacios para las letras son muy pequeños. Últimamente, lo que me ocurre es que presiono la tecla de enviar antes de terminar y tengo que salir corriendo a eliminar el mensaje mocho y volver a teclear el completo.

A lo que voy es que cualquiera puede cometer errores ocasionales, pero la ´mangajería´ permanente la siento como una falta de consideración en contraste con la pulcritud y el esmero que emanan de aquellos mensajes que llegan como si hubieran pasado por las manos de un corrector. Me emociona leerlos. Siento que mientras existan los respetuosos de sí mismos y de los demás la humanidad tiene esperanza.

En realidad, me da lástima el pobre idioma español que ha sido la principal víctima de estas nuevas modalidades de comunicación. Y lo más triste es que la internet ofrece toda suerte de herramientas para “escribir bien”. Solo hay que preguntar. Hace treinta y cinco años verificar la ortografía o gramática requería un viaje al diccionario —o varios—, quizás un par de consultas y un par de avemarías. Y hacíamos el viaje. Hoy solo hay que preguntar a esos entes que viven en algún lugar desconocido, que supuestamente todo lo saben, y nos quedamos en la gatera.

Así como en los medicamentos encontramos las contraindicaciones en letra pequeñita, creo que uno de los efectos secundarios de los medios digitales es que nos han vuelto perezosos. Muy perezosos.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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