Hace un par de días pasé por el IPHE y me inundaron decenas de recuerdos. Y llegó enero de 1974. En junio de 1973 me había graduado de secundaria, en septiembre mi mamá, mi hermana Carmen y yo habíamos ido a Europa por primera vez —para las tres— y, luego de fiestas de fin de año y demás celebraciones, había que buscar oficio para el verano. La profesora Noemí Guizado había trabajado junto a mi padre como Comisionada de Educación en la Alcaldía de Panamá y le comentó que podría ayudar en el Instituto Panameño de Habilitación Especial (IPHE).

Conocimientos del tema, tenía cero, pero disposición para aprender nunca me ha faltado, así es que acepté. Al voluntariado se unió mi prima hermana María Luisa de la Guardia, quien años más tarde se dedicó a la educación preescolar. Salimos, pues, las dos en el escarabajo Volkswagen que había en mi casa para uso compartido, en busca de aquel destino en Bethania que yo solo conocía de los años en que las funciones de fin de año de la Escuela de Danzas Teresa Mann se habían montado en su gimnasio.

Creo que dimos un par de vueltas más de la cuenta, pero al final arribamos a tiempo para reportarnos con las maestras que nos habían asignado, en mi caso Sarita Spiegel. Ella era joven y muy dedicada a su labor, generosa con sus conocimientos y de carácter afable. Dirigía un salón de niños sordomudos. Perdonen el uso de dicha expresión, que entiendo ya no se utiliza, pero en aquellos días no había sido sustituida por una mejor.

Muy pronto me convertí en una alumna más de Sarita. Hubiera sido muy difícil ayudar a los niños a manejar su discapacidad si yo estaba igualmente discapacitada para la tarea. Los alumnos debían tener entre seis y ocho años, más o menos, y todos hacían su mejor esfuerzo por poner en práctica los ejercicios asignados por la maestra. Yo también.

No sabía en ese momento cuánto me ayudarían más adelante con mi propia hija Ximena, quien desde muy pequeña empezó a sufrir de infecciones del oído medio, las cuales disminuían su audición. Poco a poco empecé a dominar la acción de colocar la mano del alumno sobre mi cuello a la altura de la garganta mientras pronunciaba una sílaba y luego llevarlo a hacer lo mismo sobre su propia garganta hasta lograr que la vibración producida por las cuerdas vocales fuera la misma.

Repetí P y F un millón de veces con la mano frente a la boca para que sintieran el flujo del aire. Era maravilloso ver cómo lograban replicar los sonidos. Cada día la experiencia era más enriquecedora y mi admiración por Sarita aumentaba por segundos. Pero terminó el verano y mi vida tomó otros rumbos y no volví a saber de Sarita hasta muchos años después en que la vida me sorprendió con la triste noticia de que enfrentaba un cáncer terminal. Era joven todavía. ¡Tenía tanto que dar!

Cada vez que la recuerdo, vuelvo a ese salón del IPHE y revivo completito aquel verano en que aprendí a hablar. ¡Gracias, Sarita!

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