En los años escolares las clases de historia solían inspirar sentimientos varios. Para algunos implicaban un viaje maravilloso al pasado, mientras que para otros eran una tortura que solo se limitaba a fechas y nombres que no interesaba aprender.

Eso me lleva a pensar que el gusto por la historia dependería, en gran medida, de quien impartiera la clase y la forma como lograra cautivar, o no, a los alumnos.

Pasado el momento de tener que consignar en un examen aquellos datos que no habíamos conseguido aprender, la historia podía, en muchos casos, convertirse en un tema interesante. Debería serlo. Saber de dónde venimos y conocer los eventos que han marcado puntos de inflexión para la humanidad es determinante para que sigamos caminando hacia adelante y no nos veamos aplastados por los errores del pasado.

Además, siempre podemos encontrar “la novela” detrás de los hechos. Porque, a fin de cuentas, quienes recorren la historia son seres humanos con sentimientos, virtudes y defectos y estoy segura de que muchos alguna vez se han visto retratados en la vida de algún personaje.

Recientemente, leí un artículo interesantísimo sobre el PHerc. 1667, uno de los papiros encontrados en las ruinas de la ciudad de Herculano, aquella que fue destruida a la par de Pompeya por la erupción del volcán Vesubio en el año 79 d.C. Resulta que como parte de un proyecto llamado Desafío Vesubio (Vesuvius Challenge) mediante el cual se emplean tomografías tridimensionales de alta resolución y se aprovechan algoritmos de inteligencia artificial, se ha podido leer su contenido, “desenrollándolo” de forma virtual. La noticia me dejó maravillada.

El mencionado papiro trata temas relacionados con la filosofía del estoicismo. Durante la lectura me llamó la atención la frase “Indagaremos sobre algo, pero no lo comprenderemos, si de alguna manera nos apartamos de nosotros mismos y de nuestra propia naturaleza”. Sigo “indagando” sobre el significado de dicha frase y llego a un principio de la filosofía estoica que no ha perdido actualidad y que propone que el propio bienestar y la felicidad no dependen de factores externos sino de uno mismo, para lo cual debemos ser capaces de diferenciar entre lo que depende de nosotros y lo que no. ¿Qué tal? ¿Les suena familiar?

Una de las principales enseñanzas de los estoicos es que la paz llega cuando nos enfocamos en lo bueno y aceptamos con serenidad lo que no podemos cambiar. Recordé entonces la popular oración de Alcohólicos Anónimos “Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia”. Estoy cautivada. Quiero saber más.

Llego a las cuatro virtudes de la vida estoica: sabiduría para diferenciar bueno de malo, coraje para afrontar los miedos y desafíos, justicia, que bien sabemos que consiste en tratar a todos con equidad, aunque no siempre la practicamos y templanza o práctica de la moderación, cada vez más escasa. “No hay nada nuevo bajo el sol”.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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