Hace poco leí un artículo cuyo contenido me dejó pensando. Según estudios que han realizado psicólogos y otros profesionales de la salud, desde que se dejó de utilizar la escritura cursiva —esa que en el siglo pasado llamábamos letra corriente— los humanos hemos ido perdiendo algunas de nuestras facultades tanto cognitivas como de motricidad.

Estas afirmaciones vienen sustentadas por pruebas como electroencefalogramas, evaluaciones de memoria, de motricidad fina, entre otras. Por ejemplo, se ha comprobado que en niños pequeños se reducen las posibilidad de intercambiar letras al escribir, una ocurrencia común cuando usan letra de imprenta. Igualmente, los estudios indican que tomar notas en letra cursiva contribuye a la mejor retención del material, probablemente asociada a la integración entre sensaciones, control de movimiento y pensamiento del receptor

.Vemos también que ciertos países están prohibiendo, o al menos limitando, el uso de ciertos dispositivos como teléfonos inteligentes y tabletas durante el horario escolar a fin de promover la concentración entre los estudiantes.

Al informarme sobre estas nuevas tendencias no puedo menos que trasladarme a mis días de colegio, aquellos en los que funcionábamos con “una pluma de tinta mojada”, lápices Mongol No. 2 y, para colorear, los lápices Colleen se apuntaban como los favoritos. De hecho, lo siguen siendo.

Con el tiempo la humanidad fue migrando de los fieles Mongol No. 2, de color amarillo característico, a los lápices mecánicos porque, supuestamente, se mantienen afilados por siempre. En mi universo eso es solo mientras no se rompa la mina al escribir, que en mi caso es una ocurrencia frecuente. No soy delicada para la escritura.

Es cierto que los Mongol No. 2 deben afilarse constantemente, o sea, hay que sacarles punta y para eso se requiere… adivinaron… un sacapuntas, herramienta que ya no se consigue de todas las formas, tamaños y colores como hace… bueno… decenas de años. Eran tan necesarios y populares que incluso los fabricaban con navajas de repuesto y cuando la original perdía el filo bastaba cambiarla por la adicional que venía en el estuche.

Era importante mantener los lápices con buena punta pues de lo contrario la escritura perdía nitidez y eso era inaceptable. Y si no teníamos sacapuntas a la mano procedíamos con un cuchillo, el cual inicialmente, dejaba tanto el lápiz como la punta de forma cuadrada, pero con un poquito de paciencia y grafito regado por todos lados se resolvía la falla.

El otro día rondaba yo por la sección de útiles escolares del supermercado y no pude resistir la tentación de comprar un paquetito, creo que, de cuatro unidades, solo por volver a sostener uno entre mis dedos. Me quedé con las ganas de comprar la cajita de doce, sencillamente porque no había. Era toda una experiencia abrirla y deslizar dos o tres unidades hacia afuera y escoger una. Una experiencia deliciosa.

Ahí los tengo como un trofeo en mi escritorio. Vamos a ver cuánto me dura el entusiasmo o cuándo se quedan todos sin punta.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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