Quienes recuerden sus vivencias de los años sesenta y setenta seguro verán aparecer en la película de aquellos días el dichoso “plato de dieta”. Era súper popular tanto en cafeterías como en casa, especialmente, después que uno se había excedido en el comer y el cuerpo era fiel testimonio del desorden alimenticio.

Cuando se los describa a los que no poblaban aun la Tierra por aquellos días se preguntarán ¿qué tenía ese plato de dietético? Pues casi nada creo yo, pero no es lo que es, sino lo que uno cree, lo que suele privar en el universo de las percepciones.

Iba uno pues con su grupo de amigos a una cafetería, heladería, la barra del Woolworth Luncheonette o la de algún 5 & 10 —hablo de Estados Unidos— y con mucha fuerza de voluntad evadía el icecream soda, el banana split o la hamburguesa y pedía un diet platter. Llegaba pues este plato, que era más tamaño bandeja, y traía, detalles más, detalles menos, una porción de cottage cheese casi siempre servido como si fuera una bola de helado (requesón, pero yo no conocía su nombre en español y se me quedó pegado aquel con el cual lo conocí), un par de rebanadas de tomate, en ocasiones una torta de carne molida y… aquí es donde llega la ironía… duraznos o piña en almíbar, de lata, por supuesto. El cottage cheese siempre coronado con una cereza marrasquino y los más hambrientos a veces pedían un extra de huevo duro.

El concepto estaba pegado en aquellos días. Cuenta la leyenda que Jackie Kennedy, siendo primera dama de Estados Unidos, solía merendar una porción de cottage cheese, solo que en su caso la complementaba con frutas frescas. Las favoritas eran las moras azules y la manzana.

Si bien en algunos casos el requesón era bajo en grasa, en la mayoría de los casos no lo era y, no es que yo sea una gran nutricionista, pero me puedo imaginar que los duraznos en almíbar aportan su buena dosis de azúcar en cada bocado. Son deliciosos, no hay duda, ¿o será que al igual que la mantequilla de maní y los espárragos de lata son un gusto adquirido en la niñez que se rehúsa a abandonar el imaginario.

Con el pasar de los años fui descubriendo que los duraznos españoles —y, probablemente los de otros países europeos también— nadan en un sirope más liviano que los norteamericanos y la mente traviesa se convence de que son mucho más saludables, aunque uno sabe muy bien que podrían ser un poquito más saludables, pero no mucho más.

Estoy clara de que consumir frutas frescas sí es mucho mejor para la salud, pero, a título de confesión les cuento que el otro día no pude contenerme y compré mi pote de cottage cheese y mis duraznos en almíbar y me di el gusto de servirme de cena un diet platter. Más gorda que flaca y seguramente con un pico de azúcar memorable, me acosté a dormir feliz.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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