Muchos conocen de mi vida mar y tierra. Se las he compartido en múltiples ocasiones, pero siempre queda una anécdota por ahí, guardada entre los pliegues de la memoria. Lo extraño es que muchas de aquellas que aún no he compartido son las que más vívidamente recuerdo. Quizás por eso me cuesta ponerlas en papel. A veces pienso que es porque siento, que si las mocho, no serían lo mismo, quién sabe.
Viajes de pesca y cacería con mi papá hicimos muchos, no muchos, muchísimos y siempre bajo estrictas medidas de seguridad. Enfrentamos marejadas —muchas—, incontables lluvias torrenciales y mil inconvenientes más a los cuales mi papá llamaba eventos que hacían más divertido el paseo. Esa conclusión siempre la dudamos, pero cada quien lo suyo.
Aunque en la mar mi papá siempre nos obligaba a llevar salvavidas mientras navegábamos en situaciones de mar picado y a tenerlos a mano mientras cruzábamos la mar en calma, él no solía usar la suya. Mal ejemplo, pero era así.
Un fin de semana salimos de pesca/cacería subiendo por el río La Maestra en la frontera entre Panamá y Darién. Muy lindo el trayecto río arriba, excepto que en un momento dado no hubo suficiente agua en el río como para subir a motor y hubo que levantarlo y lanzar algunos pasajeros al agua a tirar de la embarcación, yo entre ellos. Se convirtió de ahí en adelante en “el viaje del African Queen” pues me recordaba la famosa película en que Humphrey Bogart hacía que Katharine Hepburn tirara de su bote río arriba.
El resto del fin de semana transcurrió sin grandes aspavientos, excepto quizás las nubes de jen-jen que nos atacaban a las cinco de la tarde, pero la vuelta a casa sí fue tenebrosa. Abandonando el río y ya en mar abierto enfrentamos una marejada monumental. Las olas eran altísimas y largas, así como las que vimos en The Perfect Storm, solo que en aquellos días faltaba mucho tiempo para que se estrenara esa película.
Todos bien agarrados para evitar que una ola nos botara del bote, pero lo que realmente hizo que el corazón me diera un vuelco fue cuando mi papá se inclinó hacia un lado, echó mano de su salvavidas y se lo puso, completito, bien amarrado. Yo entendí que la valentía que siempre le había conocido a mi padre era verdadera: llegaba al extremo de reconocer su fragilidad. Ese solo gesto me abrió un universo completo al interior de ese personaje con quien había compartido más de veinte años, pero de quien me faltaba mucho por conocer.
Confieso que en ese instante me asusté, me asusté mucho más de lo que jamás me había asustado, aunque simultáneamente tenía la plena convicción de que el capitán de aquella pequeña embarcación podría llevarnos a puerto seguro, como supo llevarnos a lo largo de su vida, a pesar de y por encima cualquier obstáculo. Tengo muchas anécdotas de ese viaje. Aprendí mucho sobre la forma de vida de panameños hasta ese momento desconocidos y cada vez que veo un peligro frente a mí recuerdo que a veces hay que ponerse el salvavidas.
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