6ago Deldiariodemama1000 1024x683 - El chino, la china
Cuando hice mi recorrido a pie por España descubrí que en ciertas ciudades los lugareños hablaban de esta novedad en el comercio que les ofrecía servicios en horarios a los que ellos no estaban acostumbrados. Hablaban de tiendas que abrían los domingos y/o hasta más tarde de lo normal en días de semana lo cual a los peregrinos nos quedaba muy conveniente pues nunca teníamos hora fija para terminar el día. Se referían a las “tiendas de chinos”.

Se imaginarán que para mí estos eran viejos conocidos. En Panamá eso es el pan nuestro de cada día y, a pesar de la existencia de enormes cadenas de supermercados, ferreterías, electrónicas y otra variedad de comercios, la tienda del chino del barrio -o las tiendas, pues muchas veces son varias- sigue siendo la tabla de salvación para muchos cuando tenemos un apurito a deshoras.

En mi caso, han existido desde siempre. No tengo memoria de momentos de mi vida sin “el chino”; porque, además, los panameños tenemos una forma muy peculiar de referirnos a estos comercios. No lo hacemos peyorativamente ni creo que los asiáticos se ofenden cuando un cliente entra a su comercio y lo saluda con un “¡Qué pasó, chino(a)!”. Y si no le decimos “chino” usamos el apelativo “paisano”, así facilito como si hubiéramos nacido, igual que ellos, en el lejano oriente.

En mi barrio hay varios chinos, sin embargo, hubo uno específicamente, que durante la pandemia nos sacó las castañas del fuego frecuentemente. Uno mandaba el pedido por WhatsApp, pagaba por Yappy y la mercancía llegaba en menos de lo que se persigna un ñato. Y, ya saben como son que si no tenían lo que uno necesitaba era cuestión de tener paciencia por un par de horas o un día a lo sumo para que apareciera el objeto del deseo.

No sé si ustedes lo habrán notado, pero en los últimos años (o quizás décadas) son las chinas las que manejan el día a día de los negocios. Supongo que los maridos, hermanos o padres aparecen como dueños o, por lo menos, como dueños de las cuentas de banco, sin embargo, es la mujer la que sabe lo que está pasando y lleva todas sus cosas en orden.

Es posible que estas personas aún no dominen el idioma, pero en lo que a números se refiere, no se les escapa un punto decimal. Ciertas cosas permanecen iguales a pesar del correr de los años y una es que los vástagos deambulan por la tienda desde siempre. Ahí aprenden a gatear, a caminar, a poner tornillos y eventualmente a seguir los pasos de sus padres… o no. En ese último punto es posible que se rompa la cadena de las tradiciones.

Honestamente, creo que en Panamá somos afortunados de tener la colonia china que tenemos. Un grupo siempre creciente de gente trabajadora que no se mide en la entrega. Es sorprendente cómo llegan sin nada y a la vuelta de unos años el negocio ha crecido y se ha multiplicado en proporciones asombrosas. Y es maravilloso ver las raíces tan profundas que han desarrollado las familias descendientes de aquellos que llegaron a principios del siglo pasado a contribuir con el progreso de la nueva nación.

No crean que me he olvidado de otros grupos de inmigrantes que igualmente han contribuido al desarrollo de Panamá, pero como saben, en el Ellas me cuentan las palabras para cada entrega semanal y, para esta semana, ya se me agotaron.