Yo no soy la viajera del siglo, pero a uno que otro destino he llegado valiéndome de aviones y aeropuertos. Desde que tengo uso de razón he sido observadora —fijona, dirían mi esposo y mis hijos—, pero da igual, ustedes saben a lo que me refiero: me entero de lo que ocurre a mi alrededor y, bueno, de las observaciones surgen las conclusiones y comparaciones.

Entre las más obvias están las vestimentas que, a través del tiempo, se han considerado apropiadas para viajar. Inicialmente, cuando la gente empezó a cambiar los grandes vapores por los pájaros de hierro, se asumió que el código de vestido se mantenía vigente. Así pues, los hombres subían a los aviones con saco, corbata y sombrero y las mujeres en el equivalente: traje sastre, medias de seda, guantes, sombrero y un maletincito cuadrado llamado “neceser”, el cual, por sí solo, sería objeto de otro artículo.

Hoy, el que viaja en pijama va elegantísimo pues “chor y chancleta” parecen ser la regla en muchas instancias. El “neceser” expiró de muerte natural cuando los organismos de seguridad aeroportuaria prohibieron el noventa y nueve por ciento de los chécheres que uno llevaba allí y el bolso finísimo, de cuero de quién sabe qué, ha dado paso a la mochila donde cabe hasta una pelea de perros y casi nunca puede acomodarse debajo del asiento de enfrente como indica la regla para el “artículo personal”.

Pero, independientemente de las indumentarias, me llaman la atención otras conductas. Hasta no hace mucho, los libros y las revistas estaban entre los artículos más vendidos en las tiendas de los aeropuertos. Yo, personalmente, me daba el gusto de comprar todas las revistas que no tenía oportunidad de mirar en medio del diario vivir. Y si no llevaba un libro a medio leer de la casa, compraba uno en el aeropuerto.

Hace tiempo dejé de comprar revistas porque están tan caras que no me tientan, y cuando pienso en libros, no puedo olvidar que, si lo termino durante el viaje, tengo que llevarlo de vuelta a casa porque dejarlo huérfano por ahí no es parte de mi cultura. Las revistas están, pero no veo a nadie comprándolas. Más bien están los viajeros preocupados por encontrar un lugar donde cargar sus celulares, pues allí se lleva la vida entera, empezando con el pase de abordar.

Y como no hay que molestar al vecino con lo que uno está viendo o escuchando en el aparatito, el grueso de la población se aísla del mundo con sus audífonos. ¿Conversar? ¿Eso qué es? ¿Cómo se come? Y a la par de la desaparición de los artículos impresos para lectura han proliferado las sillas de ruedas, pues no hay quien pueda completar los kilómetros y kilómetros que hay que recorrer para llegar de un lugar a otro de los aeropuertos sin sufrir daño permanente en alguno de los órganos motores del cuerpo. Aunque, sin ánimo de ofender, no dejo de pensar que hay casos en que se solicitan para obtener paso expedito en las filas. ¡Quién sabe! A la velocidad que cambian las cosas, en cinco años todos nos podremos teletransportar.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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